Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

(De Razones para huir de una ciudad con frío)

MADRUGADAS XII

Y recorrer al niño
que quiso parecerse
al hombre que no ha sido.

Y cada noche verle
llorar en los rincones.

Y cada noche oírle
decir que lo sabía.

 

LA APARIENCIA


Una ciudad enferma es un invierno frío,
un invierno tan frío como el dolor sin viento,
un rincón es un verso,
un huracán un águila,
agosto una mentira.

Las cosas nunca son lo que parecen.

Lorca es la luna quieta
sobre el estanque rojo,
Neruda un animal
que se retuerce y llora.

Tampoco los poetas.

Borges cogió del tiempo su descaro,
Vallejo jamás leyó a Cernuda,
Cernuda nunca quiso una mirada
que pudiera salvarle,
Miguel Hernández tuvo
en su mano un fusil,
y Alberti que fue un pájaro
azul como las olas...

Los poemas que duelen son de todos,
la razón de los días está en ti,
el tiempo no comprende la existencia,
y la ciudad aún duerme,
todos duermen...
La noche es un lugar para el olvido.

La niebla nunca suele acomodarse,
los barcos que se hunden son ciudades
en el fondo del mar,
la música es el eco de un lugar muy profundo,
las palabras son cofres que contienen
una parte de ti que pretende ser pájaro.

Y hay un lugar que tiembla,
los lugares que tiemblan son paisajes,
paisajes parecidos a septiembre,
cartas que son espera,
direcciones de viento que procuran
recibir un adiós cuando es octubre
y nada se parece al equilibrio
de aquello que has amado.

La muerte es un instante que ya es nuestro,
el frío una razón para sentir
el calor de los otros.

Nada aquí se parece a su contrario,
este dolor tan simple es un desierto.

 

POSTAL DE PRAGA

Quiero traerte al mundo que conozco,
a mi mundo de voces y fantasmas,
de ciudades que tienen un rincón
donde buscar la muerte.

Mi mundo es tan oscuro sin el tuyo...

Ahora miro el Moldava,
el agua se suicida en cada margen,
la ciudad está quieta,
es un dolor sin dioses ni esperanza,
muchas guerras después
aquí la gente huye
de cualquier ilusión pronosticable
y el cuerpo se contagia
de un temblor parecido a la humedad.

Las paredes son grises como el humo,
hay un final después de las palabras
que parece romperse.

Y en Vysehrad se mueren las palomas,
el invierno es tan frío que resulta
una herida en las manos y en los pies.

Pero aquí nadie tiembla, todos saben
que es cuestión de fortuna y de equilibrio.

Todos creen en la espera.

Y el dolor se acostumbra,
el tiempo se acostumbra,
el miedo y la tristeza se acostumbran
a vivir sin rencor.

Nada tiende a romperse, todo queda
empapado después de una tormenta,
de una frágil tormenta que sostiene
un milagro de voces,
un dolor tan amargo como el frío.

 

(De Los ojos del pelícano)

LOS PÁJAROS

Los niños de Managua venden pájaros.
Saben cantar en medio del invierno,
no conocen el frío,
imaginan la nieve como un momento hermoso
imposible en sus vidas,
conocen el temblor bajo los pies,
cuentan historias tristes mientras la gente huye,
hacen silbar sus pájaros de arena,
hacen sonar el viento
como quien pide ayuda en un naufragio.

Pero todo es naufragio.

Los ahogados, sentados en las plazas,
reconocen la paz que el tiempo ha sometido
con balas que mordieron en la espalda
a algunos hombres tristes.

Los niños de Managua sueñan con ser pelícanos
y buscan un océano,
y golpean sus rostros contra el agua
hasta perder la vista.

Los niños de Managua
tienen las manos llenas de colores,
miran al cielo y vuelan hasta San Juan del Sur,
logran ser como pájaros
que abandonan las manos de la muerte,
las sucias manos pobres del desierto.


SOMBRAS


Nada he podido hacer para evitar la sangre
que llena tus pisadas sobre un campo de Módena
como un volcán herido bajo el cielo.

Ahora estás en Praga
y confías tu suerte al corazón del río.
– Esos troncos que flotan
tienen la mordedura de la brisa,
dices mientras escuchas sus quejidos
que recuerdan a ti
como un lugar cerrado advierte de una araña.

Todo el mundo hace daño alguna vez,
incluso yo,
que creí sostener entre mis manos
el bien y el mal.

Pero hay plagas que mojan los barcos y los árboles
igual que un cazador llena de plomo un rifle.
No entiendes las razones de quien levanta un muro
ni calculas la altura de las torres
para no sospechar su sombra o su caída.

– Quiero volver contigo a esta ciudad,
susurras en Varsovia esperando que nieve.
En un hotel de Amsterdam
pienso que es imposible volver a las ciudades
que son como una espada que atraviesa un deseo.

Puedo verte dormida
mientras los petroleros atraviesan el Bósforo.
En tus sueños,
son inmensas ballenas que convierten el mar
en cascadas de humo.

Sólo yo sé el secreto:
consiste en repetir tus pasos en la nieve
y evitar en la arena mis huellas quebradizas.

Hoy quiero pasear bajo el cielo de Módena
y recoger las uvas que escoltan los insectos
para salvar tu boca de la fruta podrida.


)

SUEÑO


Hoy has vuelto a mirarme
con esos ojos tuyos de mi infancia
que me han amado tanto.
 
No podía tocarte.
 
Son complejos los sueños.
 
Lloraba la certeza de que todo acababa.
 
Conocía el final
y los ojos que estaban frente a mí
no temblaban de miedo al ver mi llanto.
 
Me miraban tranquilos,
no se desconcertaban,
clavaban su ternura en mi fragilidad
y en su honda distancia
no querían sellar la despedida. 
 
Me persiguen tus ojos,
no sé si están en mí
o si quieren decirme que el sueño ha terminado.

 

EL LAGO


Esta nieve que pisas va a convertirse en barro
y en el lago veré mi rostro sin el tuyo.

He transitado el borde de la orilla,
he querido cruzarlo sin mojarme los pies
y he tropezado tanto que me duelen las manos.

Debajo de la hierba esperan piedras
que reciben mi piel como una encrucijada.

Pero no se la apropian,
los cuerpos son tan bellos cuando el tiempo los toca
que no nos pertenecen,
son un bosque prohibido.

Quedará para siempre la marca de un reflejo
porque no van los brazos a olvidarlo todo
aunque se hagan más grandes nuestras dudas.

Las canciones que olvidas son huellas en la nieve
y en la piel de los lagos se deshace el futuro.

 

 

EL BOSQUE


Alguien entra en el bosque mientras grito.

No puedo detenerlo.

Sólo existe mi voz
tan rota y tan cobarde
que cada noche vuelve a repetirse
sin que logre hacer nada.

Hay tanta incertidumbre allí en el bosque,
es tanta su espesura,
que es mejor estar quieto,
aunque la misma angustia suceda cada noche,
aunque el bosque sea yo y alguien huya de mí.

 

 

UN LOBO


Dentro de este poema pasa un lobo
que deja sus pisadas en la nieve.

Sigiloso y hambriento,
recorre una ciudad
que miró confiada hacia el futuro.

Hoy han bajado todas las persianas.

Es tarde,
trato de no hacer ruido
y que avancen los versos como pasan los días
para que el lobo escoja
un camino que lleve a otro lugar,
una presa más débil.

Pero en este poema espera un lobo
que ha venido a buscarme.
Aunque intente estar quieto y no hacer ruido
salta por las palabras un recuerdo
que me arranca un aullido y me devora.

 

MADRUGADA


Cada vez que un cobarde enciende una cerilla
siento la soledad del fugitivo
y puedo ver mi rostro en un espejo.

Entonces me pregunto si esa imagen de mí
proviene de la luz azul del fósforo
o de la oscuridad.

LA ANSIEDAD


Tengo en el corazón un reptil que me araña
tratando de volver a sus piedras azules.

EL CIELO DE DAMASCO


A Francisco Ayala

Las dunas del desierto pasan como recuerdos
y el paisaje es azul, disimulando el polvo.

El cielo de Damasco se sacude la tierra.
Se llenan de palomas los tejados
y recuerdo una casa de Granada
alta como un estanque
volcado en el jardín.

Hace ya casi un siglo
un niño construía con su madre
un viejo palomar.
Hoy las puertas cerradas
protegen un convento.

Sobrevuelan el cielo de Damasco
bandadas de palomas que buscan un lugar
diferente a la arena.

Yo busco una ciudad donde no estorbe el viento
y las dunas no tengan que esconder precipicios.

 

 

NOCHE EN PALESTINA


Aún suenan los disparos en el puente del Norte.

Los Altos del Golán parecen congelados
y una niebla de sombras empieza a evaporarlos.

Resulta peligroso este paisaje
pero cabe la paz entre tanta amenaza.

Me he sentado a mirar
cómo sangra el Mar Muerto aparentando calma,
cómo flotan el barro y los turistas
después de que los siglos lo devoraran todo.

La noche es una tregua de pasos fronterizos.

Aquel golpe de luz en la espesura
se llama Jericó. Más al oeste
hay casas que se acuestan sobre un muro
y sienten la traición debajo del estómago.

En sus viejos tejados
las cúpulas doradas son leones dormidos.

Es de noche y resulta
un empeño suicida cruzar a la otra orilla.
Son muchas las razones.

Aún escuece la piel,
el salitre se emplea para hacer explosivos,
basta la intervención de un alquimista.

Además,
las mujeres del norte tienen los labios rotos,
han mordido el dolor sin miedo a las heridas.

La noche es mal momento para abrazar el mar.

Mientras la luna clava su rostro sobre el agua
las piedras que se ahogan intentan agarrarlo.
No es difícil morir en medio de un desastre
tan raro como hermoso.

Las montañas son pliegues del futuro.

Hay pequeñas luciérnagas que alumbran el desierto,
se escuchan los fusiles en el puente de Allenby
y un nuevo ahogado abraza la noche en el Mar Muerto.

 

EL VIEJO ESTADIO


Ya no crece la hierba entre tus párpados,
han levantado plazas y bloques de hormigón
que humillan la ciudad de los vencidos.

Cuando vuelvo al pasado
puedo rozar tu sombra y el rostro de aquel niño
que de mayor sería periodista.

Al cumplirse los sueños
queda una sensación vacía e incompleta,
el tiempo detenido y el vértigo al futuro.

Qué lejanas resultan aquellas ilusiones
y sin embargo
qué cerca queda ahora mi temor favorito.

Cada vez cuenta menos el final,
es lo más previsible,
una apuesta segura sin valor,
un empate que deja insatisfecho.

Las semanas, que pasan como insectos
que amenazan la piel,
desembocaban siempre
en la emoción sincera de la incertidumbre.

Con los años, he preferido amar
las cosas predecibles
para evitar el miedo y el dolor.

Tal vez parezca una renuncia,
pero empiezo a pensar que el tiempo detenido
es mejor que el futuro.

 

Fernando Valverde nació en Granada, España, en 1980. Es una de las voces más premiadas y reconocidas de la joven poesía española. Dirige el Festival Internacional de Poesía de Granada, con Daniel Rodríguez Moya, con quien lo fundó hace seis años. Ha publicado varios libros de poemas entre los que destacan Viento favorable (Diputación de Huelva 2002, Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez), Madrugadas y Razones para huir de una ciudad con frío (Visor, 2004). Una antología de sus poemas, titulada El mar y la lluvia, ha sido publicada en Costa Rica por la Casa de la Poesía de San José. Como expresa Rebecca Salazar: “La primera vez que leí la poesía de Fernando Valverde me sorprendió la fuerza de la sensibilidad que transmitía, recordando al romanticismo, pero sin la exageración de los sentimientos, tan característica de los poetas del siglo XIX. A diferencia de los románticos, que evadían de la realidad, refugiándose en un mundo de ensueño y fantasía, Fernando Valverde “coge” al lector de la mano y le lleva en su mundo interior atreves de sus poemas. Un mundo gris, lleno de tristeza, un mundo frío, sin Dioses ni esperanza. La poesía de Fernando Valverde recuerda la visión sobre un futuro gris que inspiró a los directores de cine en los últimos años”.

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