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María Clara Fonnegra (Colombia)

Por: María Clara Fonnegra

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 90. Febrero de 2012.

 

La isla


Cuando la marea está baja se contempla el mar tranquilo
cristalino
tomo la careta y me sumerjo en el viaje hacia el color
de las cosas que emergen de lo profundo.
Nostalgia del anhelo de la ola
y ante el indicio de su cercanía
y el olor borrascoso
el cuerpo tiembla: montaña atraída hacia su abismo
deja la sangre fluir y se sostiene
trata de ser isla
tras reconocerse
unir los granos de la arena.
Y de miedo y por miedo
la isla se aleja más allá de las palabras
y es mucho más de lo llega a saber que es.

 


Mujer esqueleto


Volvió a mí la voz perdida
a costa de llanto
y noches de ausencia
ovillada en los huesos que recogí de noche.
El fuego esbozó con sus sombras en las brasas
ancestros esqueletos
culturas milenarias de oscuridad luminosa.
No olvido a la mujer esqueleto que llevaba en su espalda encorvada
el dolor de todos los esclavos
bajo las cavernas del fuego.

 


Sombras


I
Las palabras como sombras divagan a mi alrededor
 siguen caminando ocultas
  aun
   si
    las desprendo de mí
     como
       las luces desprenden las sombras del suelo
      cómo
     las desprendo de mí
    si
  aún
 siguen caminando ocultas
las palabras como sombras divagan a mi alrededor.


II


Las sombras
 pasan
  sobre
   mis sombras
    ahora
   mis sombras
  sobre
 pasan
las sombras.

 


Agujeros negros


Encontramos en la grama
el lenguaje de culturas milenarias
y en esta coordenada
rastros de millones de tiempos.
Rastros de millones de tiempos impulsan las líneas de nuestros cuerpos
hacia el centro del abismo
hacia nuestro centro
y me convierto en supernova
y me vierto en agujero negro.
Nuestro centro
es el inicio de todas las cosas
la primera palabra
la primera sensación
la primera imagen
el primer sueño.
La mezcla de todos los circuitos secretos del universo
está enlazada en cada cuerpo.

 


Lenguas muertas


Una mujer clama
y reclama al horizonte
las secuelas de su sangre
los vestigios de su estirpe. 

Es de noche
el agua borra las huellas de cada palabra
la tierra devora los últimos ecos de los pensamientos
la luna
indaga siluetas en aquietada procesión nocturna
indaga la hierba en busca de lo ocurrido en el día
indaga las piedras que impasibles archivan el tiempo.
La noche es derribada por el crepúsculo
los muertos han perdido su nombre y los vivos su memoria.
Presencia
Siento la ausencia de todas las cosas: siento mi ausencia.
Para volver no queda más que huir hacia el infinito que se lleva adentro
y al pronunciar no sentir la voz
sino una vibración ajena
cruzando el laberinto de las palabras
hasta quedar sin palabras.
El señor no es mi pastor
¿Estaré vacía?
¿Ratón de ciudad?
¿Oveja en el rebaño?
¿Murciélago sin oscuridad?
Mientras el pastor corta la lana para hacer alfombras.

 

 

 

El laurel


El laurel crece y parte con sus recuerdos la calle.
La calle: ese espejo donde nadie se ve.
El laurel estira sus raíces con dolor y no logra liberarse del ruido,
siente los pasos pisar indiferentes.
Con su caos
expande su ira sumisa, que cruje bajo tierra.
Oscuro entre ruinas se pregunta
por qué retiene el pasado en sus hojas,
por qué agrieta el andén con su silencio.
Necesita salvarse del asfalto austero que lo rodea
en el callejón de la negligencia.
 

Velas

 

Todo va a desaparecer:
Las velas que se mecen enardecidas
hoy 7 de diciembre del 2010;
el fuego que intenta escapar del pabilo,
quiere aferrarse al viento, mensajero del frío.
La esperma se derrumba,
hace rostros que claman.
Mientras más voces hala el viento,
más alto es el fuego.
Los ojos como bocas abiertas
son ahora luces bajo tierra.
La tierra: reina que impera.
El fuego ya escapó del pabilo.
El fuego ya escapó del pabilo.
Más voces para el viento, viajan en el cielo
y velan a los vivos, que callan a la luz de las velas.


Árbol de otoño


Me reconozco en la
calle,
postes rasgados, muros viejos,
pintados, raídos, pintados, raídos.
Grietas, huecos,
dibujos de siluetas,
un niño que sale por una ventana.
Hoy soy sobre todo un té derramado,
un charco bajo la lluvia;
siento que cada gota duele.
Veo mis gestos en los gestos de los demás pasajeros,
leo en sus arrugas los versos que siempre quise decir.
Nada me parece más bello que un árbol de otoño,
en la música hay árboles sin hojas, en las palabras, en los rostros…
La verdadera muerte
es la ausencia del otoño, que hace renacer.
Mi adicción a la nostalgia, mi pasión por la melancolía
es inexplicable, quizás innata, quizás inventada;
sin ella, la calle
sería una armonía sin matices,
tan sólo un color, un color sin detalles.

Flor del frío


Toma mi sangre
flor del frío,
del olvido.
No quiero ser mujer,
tan solo quiero ser noche.
Olor a lluvia,
canto de grillos,
tierra seducida por nubes que se refugian en la oscuridad,
inalcanzables en el día.
Toma mi sangre
flor del olvido, del jardín de los susurros,
bebe hasta mi último gesto.
No quiero llevar rutinas,
no quiero vestir prejuicios.
Quiero ser fondo de niebla,
sombras húmedas,
hojas que se arrullan en los segundos sin nombre.
Bébeme hasta no entender
si eres tú quien toma mi sangre
o soy yo quien bebe el frío cuando siempre he sido noche.


María Clara Fonnegra nació en Medellín, Colombia, en 1989. Estudió Comunicación Audiovisual. Es gestora cultural, escritora de poesía y cantautora. Ha participado en festivales como El Festival Internacional de Poesía en el Caribe, PoeMaRío, 2015; el XI Encuentro Nacional de Poesía y Narrativa "Ibagué en Flor 2016", el Festival Internacional de Poesía por la Paz, Antioquia, 2012; El Festival Internacional de Teatro Universitario Granada- España, 2011. Le fue otorgado el Primer puesto del Concurso de Poesía Epifanio Mejía, Medellín, 2012.  

Publicado en noviembre de 2012

Última actualización: 25/04/2021