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Chris Abani, Nigeria, 1966

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 91-92. Junio de 2012.

Di algo sobre un juego de niños


El soldado le pregunta al niño: elige cuál brazo te quiebro,
¿el izquierdo o el derecho?
El niño de diez o tal vez de nueve le dice: ninguno
porque cuando juegue como un pájaro con un ala rota
voy a borronear las líneas de la rayuela
y dejaré entrar a la oscuridad.

El soldado pregunta de nuevo, elige cuál te quiebro
¿la pierna derecha o la izquierda?
El niño le dice: ninguna, o cuando baile la danza de los espíritus
voy a tropezarme y patear arena en la faz de la luz.

Este niño, llama negra de la esperanza ardiendo contra la noche
dice: toma mi ojo derecho pues ha visto demasiado,
pero déjame el izquierdo, voy a necesitarlo para ver a Dios.

 

La nueva religión


El cuerpo es una nación que no he conocido.
La pura alegría del aire: el momento en medio del saltar
de un acantilado hacia la pared de azul que hay abajo. Algo así como eso.
O sentir el frote de los pulmones cansados contra los huesos cubiertos por la piel,
como la mano contra una áspera corteza. Algo así como eso.
“El cuerpo es un salvaje”, dije. Durante años dije que el cuerpo es un salvaje.
Como si esta seguridad de la mente fuera una virtud y no una cobardía.
Durante años descuidé este oscuro problema
y me decía, “Yo soy mejor, Señor, yo soy mejor”,
pero a veces, en un soleado momento de descuido,
recuerdo el olor a boñiga de la piel cuando era niño
gruesa de mugre y sudor, y la hierba aullante.
Pero esta distancia que guardo no es divina,
pues ¿qué fue Cristo si no el deseo de Dios de oler su propia axila?
Y cuando lo vea, sé que se va a sonreír
con un dedo pegado a su nariz, y que va a decir:
“La próxima vez te envío a la tierra como perro
para que sepas lo que es el hambre”.

 

Peregrinaje


Nada hay tan definitivo como la oración.
Una mano ahueca una sombra.
Un corazón se desnuda, abierto como una flor.
En alguna parte entre el cuidado y la cacofonía
La ciudad de los Ángeles está viva.
La ciudad esta noche permanece fuera de todo.
Llegamos a la noche.
Llegamos a la luz.
La ciudad es una mentirosa.
Puede que encuentre mi camino.
Los Ángeles es un sueño que no podemos soportar.
Pienso en las calles negras como cualquier río, y en la cerveza.
Sobre música amplificada una mujer llama a su amado.
No se encuentra la verdad aquí.
La ciudad está inundada de luces.
Incluso este sacrificio no nos salvará.
Digo “hibisco” y quiero decir “inocencia”.
Digo “guayaba” y quiero decir “niñez”.
Digo “velo para zancudos” y quiero decir “pérdida”.
Digo “padre” y quiero decir sólo eso.
Sucede que todos soñamos, pero el mar es sólo mar.
Sucede que le imploramos a Dios pero aquello es sólo una brisa
agitando las páginas de un libro de oraciones en una pequeña iglesia
donde los bancos gimen con el calor.
Afuera, un pavo real no se calla.
Hay tantas maneras en las que podría deshacer la noche
en que mi padre murió, si sólo pudiera encontrar las ataduras del tiempo.
Aquí la hierba verde es verde, incluso con la abundancia
del hogar, incluso con la carga del exilio.
Hay un árbol en el jardín trasero de mi padre bajo
el cual mi cordón umbilical está enterrado. No es una metáfora.
Bañándome en una lámina de zinc, una noche corté mi tobillo
sangrando mi cordón umbilical de nuevo.
Mira, hay una simple aritmética en el perder, el ser, y las berenjenas.
Puedo cantar la genealogía de mi padre remontándome a medio milenio
pero aquí en Starbucks lucho con Oprah
para encontrarme a mí mismo, lo que sería como decir
que voy a aceptar las etiquetas ante mí
pero sólo un corte más profundo es suficiente.
No soy estadounidense aunque quiera serlo.
No soy nigeriano aunque tengo la melancolía de los nigerianos.
Soy algo todavía más profundo.
Por ahora Igbo, el que marca los lugares. A veces también
druida, por el lado de mi madre. Y un pasaporte rojo.
La gente dice, carajo, si hubiera visto lo que has visto.
¡Carajo! ¡Piedad! ¡Santo Dios!
También este es mi grito. He visto, pero sigo perdido.
La niebla no se despeja por más que yo golpee
mi cayado en la piedra.
Hay tratantes de esclavos entre mis antepasados, y esclavos también.
En ciertas noches me despierto con el amargo de las cadenas oxidadas
en mi lengua y un látigo en la mano.
Los avatares vienen y van y vuelven.
Sólo hay un mapa que se destiñe bajo el sol ardiente.
Dirá alguien que soy un pesimista pero no lo soy.
Nada se gana con las pérdidas.
Bebo té a la sombra y creo en la poesía.
Soy un fanático del optimismo.


*


Cuando primero se ve morir a alguien
de un machetazo o por una bala,
es decir, cuando primero te enfrentas
al asombro de la sangre y lo sientes
recorrer tu piel como una fango dulzón,
aunque las grietas que humedece no son tu piel
sino realmente la obsidiana del camino,
te sientes enfermo de maneras que no creías posibles.
Una profunda y maravillosa bilis
que nunca puede dejar tu hígado.
Y luego pasan los días y te acostumbras
a su forma de ser y esto ya no te molesta
más que el zumo de cereza en los panqueques.
Te aburres y te impacientas con todo eso.
Con la conmoción de esos momentos recién llegados.
Y después de eso la gente puede morirse a tu alrededor de día y de noche
y tú sigues sin darte cuenta.
Mi capacidad para esto me asusta.
Benditos sean los no profanados en el camino.
Hay dos maneras de mirar el cuerpo.
La resurrección y la crucifixión:
todo lo que yace en medio es ritual.

 

Restauración


Qué tonto seguir golpeando
en la puerta de un corazón cuyo rostro permanece cerrado para mí.
Todas estas palabras, Padre mío, todas estas palabras escritas
buscándote cuando nunca fuiste Tú, ¿verdad?
Siempre fui yo
Si pudiera construir una pira funeraria,
Pondría en alguna parte mi cepillo para el cabello,
mi soldado de juguete,
mis libros,
mis lápices,
mis dibujos,
mis libros,
mis sueños,
mis libros,
todo.
Luego el fuego.
Te liberé esa noche, Padre.
Cuando volviste en ese Volkswagen amarillo,
en ese sueño.
Hice un bote en tu honor.
Urdí poemas y palabras y no-palabras.
Los eché al mar.
Fr. Obuna me dijo:
“Un regalo se da libremente
y se devuelve libremente.
Me ha llevado treinta años
comprender esto.
Yemayá tiene tu corazón ahora.
Que sea misericordiosa,
Que te ame.
La herida ya no sangra.
Que es como decir
que lo que he deseado
es como sal que se deja al aire
toda la noche y ya no queda nada.
Que sea suave el rocío.
Que sea salado el rocío

     Traducciones de Nicolás Suescún

Chris Abani  Nació en Afikpo en 1966. Poeta, novelista, músico de jazz, profesor universitario con estudios en Nigeria, Gran Bretaña y Estados Unidos. De madre inglesa y padre Ibo-nigeriano, nació en medio de la guerra y comenzó a escribir desde muy temprano. Su primera novela Master of the board, en la que él, a sus 16 años, situaba al Cuarto Reich en Nigeria, tuvo consecuencias nefastas para el joven escritor. Dos años después de su publicación, fue condenado a tres años de cárcel por el carácter revolucionario de sus textos. Entre las rejas sufrió torturas y aislamiento completo por períodos, hasta que fue liberado en 1991.

Se describe a sí mismo como “fanático del optimismo”. Viaja entre intersecciones cargadas de atrocidad y amor, política y religión, pérdida y renovación. Sus poemas, de belleza devastadora, indagan la compleja historia personal, familiar, y el amor romántico. Exploran los lugares y el humor, el exilio y la libertad con poemas de la experiencia y la imaginación.

Obra poética: Kalakuta Republic, 2001; Daphne’s Lot, 2003; Dog Woman, 2004; Hands Washing Water, 2006; There Are No Names for Red, 2010; Feed Me The Sun, 2010; Sanctificum, 2010. Obra narrativa: Masters of the Board, 1985; Grace Land, 2004; Becoming Abigail, 2006; Song For Night, 2007; The Virgin of Flames, 2007. Ha recibido, entre otros, El Premio Pen Club de Estados Unidos a la Libertad de Escribir, el Premio Prince Claus, el Premio al libro de California y el Premio Guggenheim.

Última actualización: 03/09/2018