Festival Internacional de Poesía de Medellín

 


Furiosos pájaros desgarran las cavernas de mi cuerpo, fruto rugoso y seco sacudido por sus picotazos hambrientos.

Tan sólo aguas espesas, barro y ausencia allí donde revolcaras como un búfalo ardiente tus carnes jóvenes y espléndidas acariciadas por mi fiebre.

Fiebre que agita y desordena los miembros, los recuerdos. Un vago sabor de almizcle restituye tu presencia y mi lengua lame las paredes buscando la humedad chorreante de tu acequia.

En vano intento alzar la hoguera con ramas recogidas al pie del árbol muerto.

Sin cesar fatigo rutas holladas por las bestias. Vuelo en círculos. Pájaro frenético, ciego.


*


Un jabalí enloquecido tu cuerpo en el mío ausente. Sorda letanía de la carne que se confunde con la fiebre. Arena esbelta. Estación en el desierto donde, ciego caminante, lava el sol sus llagas con las sales de tu aliento.

Y hablo de un barco ebrio. El bajel de nuestros cuerpos en mitad de la tormenta.

Espumas de sal, medusas trémulas y la mar, la mar murmurando la cópula, el jadeo.

Fastuoso lecho para los amantes en los restos de naufragios sobre la tierra.
En los lagos más ocultos donde lavan sus pieles las serpientes.

Ah, infructuoso asedio que me gasta y me aleja de tu inocencia de fruto, de tu sangre de caballo encabritado, ciego.


*


Entre la vigilia y el agotamiento febril del sueño bestias dementes rondan los pliegues de mi cuerpo.

El delirio nutre sus hogueras con mis frágiles huesos y me conduce a la orilla de tu inocencia donde lavas con luz de mediodía cópulas inexpertas.

Brebajes amargos que las viejas preparan con raíces traídas del desierto no me dan sosiego. Tampoco sus hijas de carnes dóciles en la ofrenda.

¿Qué ajenos rituales ha de cumplir aún el extranjero?

¿Dónde el cántaro fresco, dónde el agua chorreante por tu piel de joven bestia?

¿Dónde la turbulencia de tu sangre hacha mástil, hecha vela?

¿Con qué bálsamos dime, con qué aceites he de ungir tu cuerpo espléndido y ausente?


*


Como un bello pez flotando entre aguas espesas, ahí tu cuerpo. Lejano. Ajeno.

Palpable delirio que mi lengua deshace en vapores polvorientos. Alto naufragio este deseo. Inútil como la poesía, como un insecto muerto.

¿Y qué oponer ante pájaros imposibles desatados en tormenta?

Granos de sal, bayas amargas y su sexo, roja flor de las arenas, todo cuanto le fue encontrado a este viejo cazador de ausencias.


Sísifo

       Quién puede acusarme
por falta de empeño en mi condena

        Acaso los dioses
acaso las gentes que pasan por mi lado
Como si la rueda de la vida
fuese para ellos más liviana.

        Es cierto
y todos lo saben
que quise con mis palabras
detener el tiempo insaciable
y sólo un puñado de polvo
resta ahora entre mis manos.

          Tan pocas
para recomponer la cima lejana.


Fotografía Nidia NaranjoMauricio Contreras  Nació en Bogotá en 1960. Poeta, ensayista, investigador, narrador, traductor, editor y pedagogo. Realizó estudios de Química. Actualmente dirige el Colegio de Estudios Americanos. Libros de poesía publicados: Geografías, 1988; En la raíz del grito, 1996; De la incesante partida, 2003; Devastación y memoria, 2005; La herida intacta, 2005, Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá”-2005. Otros de sus libros: Cuentos policíacos, 2000; Historias Sagradas, 2000; Un sabio no es como lo pintan. Vida de Francisco José de Caldas, 2011. También editó Rostros de la Palabra. Antología de posía colombiana actual, 1990. Incluido en diversas antologías de la poesía colombiana. Escribió para afirmarse en su arte poética: “Una antigua leyenda refiere sucesos de una tribu de hombres soñadores, de palabras sonámbulas que abonan el olvido con sus cantos. Con talismanes de obsidiana hienden la noche y he aquí que crecen los relámpagos. De regreso, con su cabeza bajo el brazo, hunden sus manos mutiladas en la herida de la noche y agitan sin sosiego la materia de los sueños. Entonces, la tribu entera danza alrededor de un augurio que crece como un fuego de ojos alucinados y he aquí que el mundo se renueva en la voz de las mujeres bajo las estrellas ordenando el caos. La poesía siempre regresa para restituirnos la danza de ese pueblo de palabras sonámbulas. Esa danza en torno al fuego de ojos alucinados, los vocablos del misterio como granos quemantes de la ofrenda que no sacia las tormentas.

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