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John Robert Lee, Santa Lucía

 

Mi corazón tiene habitaciones

Mi corazón tiene habitaciones a las que nunca he entrado
puertas ocultas, entradas secretas
—súbitas esquinas girando hacia pomos sin llaves —
Oh, algunas cámaras me son familiares
favoritos asientos de ventana, escritorios de rincón, estaciones confortables
tocadores de gran placer
y sagradas criptas, zonas penumbrosas, severas celdas,
—calabozos temidos en lo profundo de los sueños—
pero también he bailado y volado a través de salas octogonales, en su luz
oblicua
—y jugué al cantor descendiendo escaleras de vidrio—
pero aquellos otros lugares, los adivinados en
lo no descubierto, los inexplorados
—los misterios del corazón curioso—
¿son los portales prometidos
a las mansiones de la Casa de su Padre?

 

Catedral


Las columnas jónicas nada sostienen
Ni las cúpulas gemelas que dan la bienvenida a Puerto Príncipe a los marineros
Ni las grandes ventanas redondas de íconos en vitrales
Ni las novenas de aquellos que murieron en vigas derrumbadas,
A no ser que tengas en cuenta el domo azul del aire libre
Las arruinadas fachadas ruinosas
El hedor se cierne -
¿Ha triunfado Boukman?
Legba y Ghede conocido como Baron Samedi ¿monta los altares enterrados?
¿Yace Ogún enterrado en este roto peristilo?
¿Estas curiosas preguntas importan al sacerdote
Que llora el caos de la mampostería caída
Hasta tocar los oídos de su hija?
Afuera de la catedral destruida
Mujeres arrodilladas en el polvo
Levantan rosarios al cielo familiar de Haití
Y elevan sus salmos
Más allá de las columnas jónicas
Que nada sostienen.

   Traducciones de León Blanco

 

En el cuadro de Caravaggio


En el cuadro de Caravaggio Tomás viendo a Cristo
todos los ojos están fijos en el dedo firme del incrédulo
hurgando la carne desgarrada, bajo

la fuerte mano del Carpintero. Tomás,
apóstol de nuestra profana, burlona, asesina
nueva edad, encontrando su peor escenario posible

con la dura carne bajo el pulgar
ese índice de encarnación —encarnación, Emanuel—
Dios está con nosotros— bajo insoportable desechos

mientras arañamos la inimaginable avalancha, —Emanuel—
sobre el cuerpo del hijo de alguien caído en fuego cruzado
llorando en las tierras sombrías de la traición

Por la desorientación terminal de la enfermedad, Emanuel.
Porque aquella herida es real, la muerte fue muy cierta
aquí, irracional, más allá del apocalipsis

de los desastres personales, lo cual es diferente,
es Vida más allá de la vida, más allá del despecho
más allá del asesinato, más allá de los temblores

a las tres de la tarde, más allá del cáncer amnésico de la mente.
Aquí bajo nuestras manos, está la fe, está la esperanza,
y Él nos pregunta, contra el brutal taco de la puerta bajo llave

el duro puño de la tierra implosionando
el ataúd cubierto por una mortaja:
“amaos los unos a los otros.”

Cena en Copiapó


Oh bendito corral de pollos y juguetones perritos
después del temor en la catacumba y las esperanzas frustradas

y santos sean los retoños de aguacate en esta preciosa parcela
que nunca yacerá en esa caverna tétrica

y sean felices los sagrados trapos de estos nietos
cuyas oraciones, lo juro, nunca lavarán la oquedad de esa cueva

y cuán completas las manos ajadas de mi ex amante
que acarició mis sueños en el fondo de la cueva de San José

…así, santificados sean esta taza de café, este trigo, este vino
estos compañeros en la lobreguez del primero hasta el día sesenta y nueve
cuando por Tu inefable gracia salieron de la mina de Copiapó.


Holograma


   (para Luke y Bárbara Salisbury)

Después de la agitación, es posible que encontremos la sorprendente
               compañía de los abuelos, largos y oscuros poemas llenos de secretas
               perfecciones, apartados para el tranquilo refugio de los hijos pródigos;
               que mascullan letras de canciones rechazadas una vez, manteniendo
               libertades por las que hemos deformado nuestras vidas.

Los poemas son como los niños. Concebidos en el misterio,
               la mente perdida en extrañas pasiones, llegan
               para desvivirse por ellos, robados, abrazados e inquietos;
               vestidos con esmero o de cualquier manera, enderezados, claros
               en la forma de hablar (soportarán sus propias

sutilezas e indiscreciones, harán sus propias intrigas, levantarán chismes);
               los comparamos con los niños de otros, son agresivos
               a causa de su éxito, temen el anonimato del fracaso,
               excusan todas las debilidades, se desesperan ante el futuro,
               nos humillamos para conseguirles buenas recomendaciones.

Entonces peleamos para que se puedan ir, para que caigan donde sea,
               se abran camino, den forma al mundo, hablen en su jerga,
               esperando sean considerados honestos. Es cierto que la vida
               no es un libro abierto: la cara más simple retiene fuentes
               de astutas metáforas y toda clase de símbolos invertidos.

Los padres, conservando piedras que giran en nuestros antiguos huesos,
               pueden hacer amigos fieles, como yo lo he hecho.
               Te encomiendo al futuro en mis oraciones,
               mis hijos, mis poemas, mis amigos.

Virgen de puerto príncipe


Tú que te pareces a Alicia
Rojos tus ojos por el polvo de yeso y por llorar
Tus labios carnosos magullados por la mugre
Tu peineta cayendo hacia atrás como una capucha
El polvo sobre tus mejillas ovaladas es gris como el concreto
Si el resto de tu cuerpo no estuviera cubierto de pedruscos de la demolida pared

Y la figura en el fondo no estuviera salpicada de sangre
Y la pierna de alguien no estuviera atrapada detrás de ti
Podrías haber sido una muchacha bonita
Con arena en tus brazos desnudos
Escribiendo tu nombre en una concha
En alguna playa cerca de Les Cayes
—tú que te pareces a Alicia—
otra muchacha perdida que yo conocía,
no el modelo de una estatua

En la pared de una capilla en Jacmel
sino de todos modos una extraña Virgen
plana en medio de trozos de argamasa
sin niño Dios, o éste sacado de sus manos
Y devorado por la tierra—
El modelo ella misma
Impasible Erzulia, mirando con tu rostro caribe
desde una paleta de pixeles
formándose ante mí.

   Traducciones de Nicolás Suescún

Fotografía Nidia NaranjoJohn Robert Lee  Nació en Castries en 1948. Poeta, narrador, dramaturgo, actor, periodista, profesor de literatura inglesa y de escritura creativa, gestor cultural, productor de radio y televisión, editor y bibliotecólogo. De su obra poética se destacan los libros: Vocation, 1975; Saint Lucian, 1988; Artefacts, 2000; Cánticos, ilustrado con fotografías del autor, 2007; Elemental: New and selected poems, 2008. Cuentos breves y poemas incluidos en periódicos y antologías internacionales: Facing the sea (1986), The Penguin Book of Caribbean Verse (1986), The Faber Book of Contemporary Caribbean Short Stories (1990), The Heinemann Book of Caribbean Poetry (1992) y The Oxford Book of Caribbean Verse (2005).
Ser un poeta es ser una persona de fe. Tener fe en el poder de la palabra. En el comienzo fue el Verbo. La poesía viene de la imaginación y el corazón humanos, creada contra los incendios e inundaciones y genocidios y holocaustos de conquista; con alegría personal y angustia inevitable que resuenen con el espíritu humano en común unidad y voluntad siempre habrá un poeta – en todos los continentes de su expansión bajo democracias y regímenes dictatoriales, bajo sismos o tsunamis, bajo cualquier forma que la globalización tome en su época. ¿Cómo puede actuar la poesía? Siendo ella misma y hablando ella misma, en todas partes, por todos los tiempos. Fuera de toda realidad conocida y vivida por el poeta, mientras él contempla profundamente la relación con su voz, su lugar, sus herencias y su aldea global contemporánea...

Última actualización: 28/06/2018