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Karenne Wood (Estados Unidos, Nación Monacan)

Karenne Wood en el Festival Internacional de Poesía de Medellín
Fotografía por Nidia Naranjo

Por: Karenne Wood
Traductor: León Blanco, Pamela Ospina

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 91-92. Junio de 2012.

 

 

Sitio de una masacre

 


Puedes decir que ves
sólo un campo o escuchas
solamente una brisa
donde ahora surge pasto
sobre la tierra, el viento,
luego los muertos descalzos corren
antes de que un arma retumbe
contra su cráneo, ruido sordo de
niños desplomándose,
muñecos desgonzados en el
centro de un pueblo en llamas.

Benditos aquellos que
no escuchan llantos interrumpidos,
o tiros o pezuñas,
que no pueden sentir la persistente
pena. En el sol de la tarde,
cada roca destella. En el viento,
cada hoja de pasto grita.

Jamestown revisitado


A la manera de Wendy Rose.
(Al ser invitada a una reunión en el sitio de la Colonia de Jamestown, donde la gente de la
iglesia deseaba disculparse con los indígenas de Virginia por todo lo sucedido desde 1607).

Aquí vienen de nuevo,
inquiriendo. Advierten
que nada tenemos
para dar, hemos dado
como la tierra, nuestras
montañas asoladas
con negros venenos híbridos
elaborados de tabaco.

                                                        Ustedes nos disponen en su
                                                        plataforma como esculturas.
                                                        Podrían arrepentirse ante nosotros,
                                                        llorar entre sus ropas por algo
                                                        como un emotivo programa
                                                        de debate, para absolverse casi
                                                        cuatrocientos años, y después
                                                        regresar a casa a cortar el césped.

Ustedes no son quienes
quemaron nuestros cultivos de maíz
nos dieron cobijas infectadas
politiquearon, robaron, violaron o
intercambiaron ron. Ustedes no son
los que preguntan cómo puedo ayudar,
los que ofrecen su trabajo a los indígenas,
o incluso votan por salvar el planeta.

                                                        Nosotros no somos quienes
                                                        Perdieron a sus hijos congelados en el río,
                                                        cuyas madres cargaban balas
                                                        cuyos padres dejaron corazones
                                                        en este suelo. No fue sobre nosotros
                                                        que se dijo, no tienen
                                                        ni los derechos de los perros

Nosotros somos palabras de lenguas
que nadie se atrevió a hablar. Somos
sin nombre, nombrados por otros;
mulatos y mestizos
de Virginia. Somos piedras blancas
y pedazos de hueso, alfarería
sumergida en rojo barro, vidrio negro

                                                        como puntas de lanza encontradas aquí,
                                                        obsidianas extraídas entre las tribus
                                                        que vivieron miles de kilómetros al
                                                        oeste. Somos refranes de nuestros
                                                        abuelos, canciones que flotan en
                                                        el viento nocturno con nuestros sueños.

Ahora ustedes nos llaman remanentes:
lo que queda de una tela
cuando la mayor parte se gastó.
–Ustedes no tienen memoria–
nos desplomamos sobre
cicatrizadas rodillas y dijimos que
no había más que dar.

                                                        Ustedes preguntan de nuevo,
                                                        ¿Aceptaremos sus disculpas?
                                                        Un viento del suroriente
                                                        les responde. Nuestras orejas
                                                        no son visibles. Los labios no son
                                                        visibles…
                                                        O, somos los huesos
                                                        de lo que ustedes olvidan, de lo que
                                                        ustedes pensaron eran sólo mentiras…

Sólo nuestros ojos miran alrededor.
Ojos tono tierra, ojos del
bosque, ojos de cumulonimbo, ojos
salpicados de oro, ojos
como la obsidiana, ojos que
ven directamente a través de ustedes.

 

Para ellos


América, tú, ¡oda a la realidad!
Devuelve a la gente que te llevaste

-Robert Creeley


Dónde están aquellos entonces, que
desaparecieron después del desayuno,
caminaron por calles con olor a lavanda
a través del pueblo, ¿nada
compraron, nada trajeron a casa?
¿desaparecieron de día,
sus pertenencias vagas figuras
en alcobas vacías?

Los árboles saben. Azotados por el viento
se acurrucan, mujeres
envueltas en sombríos chales.
Aquí hay un llanto que has escuchado
a través de tu vida, tu voz el aire sobre
un campo de huesos humanos,
el reflejo de una ciudad de
escaleras irregulares extendiéndose sobre el puerto.

Están alrededor en una agitación de
otra parte, la corteza
de la tierra, cada fragmento les pertenece.
Tú le das forma a su ausencia.
Disminuida la memoria en
tus últimos días, te preguntas adónde
fueron llevados, qué
habrán sabido al final.

 

Primera luz


A esta hora, quién pudiese discernir dónde termina la tierra,
o el agua, dónde el riachuelo se convierte en bahía, la bahía en
río y se extiende atravesando hasta un borde azul
de Maryland, completamente negro ahora, invisible.

A través de la neblina de Julio, la primera luz es una pincelada
de gris colándose. Patos suben a la playa,
marineros bajitos con piernas arqueadas. Por el agua, señuelos de cazadores
como criaturas improbables pastando sobre un campo pálido.

A la vuelta, el puerto, dos cangrejeros se embarcan.
El traqueteo del diesel resonando a medida que la proa corta las olas.
Sinsontes descienden, muestran sus hombros como mujeres
anunciando vestidos de veraneo. Águilas pescadoras se lanzan.

¿Qué importa? Al final, nos convertimos en lo que
hemos amado, cada cosa que nos paralizó en el éxtasis
de su momento, su gracia que no es propia, la nuestra tampoco.
Crecemos alrededor de la tierra a medida que crecía a nuestro alrededor, y

el amanecer cruza sobre nosotros, durmiendo en nidos o en
camarotes o en la tierra, convirtiéndola en vida de nuevo. Aquí esta
el momento: aquí, entre garzas, águilas pescadoras, mañana,
río. Creo en esta luz: es la luz del mundo.

 

EL CUARTO 

 

La colcha verde oliva tenía
motivos de soldados marchando
donde él se sentaba, sus manos planas, 
mientras dijo que se iba.

Mientras la lluvia dibujaba riachuelos en
la ventana, presioné mi cachete
contra el vidrio y lo vi desaparecer. Mi padre
se ha encorvado hasta ser un ratón,
un insecto gris, un punto en el paisaje
tantas veces. Un hombre que se desaparece:
siempre es surreal, como se va.

Mi cara aún está firme contra el vidrio.
Quince años ausente – estoy aún
en una alcoba, mirando hombres pequeños,
siguiéndolo al salir. Ellos salen
de mi cuarto cuando duermo, manos
sintiendo paredes.  Escucho lluvia
por las ventanas; pies
marchan, crean un eco, y se van,
ellos–él se va, un batallón
de pequeños soldados, partiendo.

 


Fotografía Nidia NaranjoKarenne Wood  Nació en Washington en 1960. Pertenece a la Nación Monacan. Poeta, narradora, ensayista y antropóloga. Dirige el programa Patrimonio Indígena de Virginia, en la Fundación Virginia para las Humanidades. Publicó el libro de poemas Markingson Earth, 1999, Premio de Poesía de los Autores Nativos de Norteamérica, obra cíclica que explora las distintas dimensiones de la experiencia humana, quien que busca vencer la sensación de alienación de su gente y su pasado. También publicó The Virginia Indian Heritage Trail.
Uno de los aspectos más importantes y duraderos de las culturas indígenas americanas es el concepto de respeto por los demás, por la tierra sagrada, por los seres vivos y las plantas que se consideran familiares de los seres humanos. Los países de origen de los pueblos indígenas no son sólo lugares de dónde extraer los recursos, sino que son la fuente de la vida misma de las generaciones pasadas y por venir. Los nativos no se imaginan el “progreso” como una marcha tecnológica lineal desde un punto de partida arcaico a un estado indefinido de la perfección: ven el tiempo como una serie de ciclos a través de los cuales las personas recrean las mismas funciones. Nuestro propósito como seres humanos es mantener el equilibrio y la armonía en el mundo natural. Esto se logra cultivando “correctas” relaciones y un estado sano de la mente. Dicho esto, ¿cómo nos relacionamos con una ética cultural que valora la ganancia y el poder político por encima del mantenimiento de nuestras tierras, aguas y la diversidad de formas de vida que nos rodean?”, escribe Karenne Wood.

Última actualización: 17/11/2021