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Robert Graves y los poetas de Irlanda

 


Robert Graves y los poetas de Irlanda


Por Eufrasio Guzmán Mesa
Especial para la Revista Promete

                   Y de pronto así, sencillamente
                   descubrimos que más rápido que los cuerpos
                   las ciudades cambian, se hacen otras,
                   y la cultura,
                   el hábito cambiante de darse rostro y descubrir el fuego
                   cambia más que el viento en épocas de torbellino.
                   Pero es el viento, el neuma sagrado que nos une.

Este tema tiene su lado peregrino, suelto. Si juzgamos los hechos políticos de los últimos siglos hay una marcada distancia entre Graves y los poetas de Irlanda pues los últimos, con pocas excepciones, se encuentran del lado de la libertad, del sueño de la independencia, y Graves ha sido un intelectual y un poeta que elogió siempre la monarquía y a su reina como expresión del honor y de la fuerza nacional. No obstante Graves ha tenido en su mente las grullas y los poetas de Irlanda, cuando ha querido recordarnos lo más excelso de la tradición poética y su origen remoto por el lado de su padre en Irlanda.

La poesía y la literatura irlandesa hunden sus raíces más remotas sólo aparentemente en las tradiciones galesas del período medieval. Las sagas celtas originarias que se encuentran en fuentes irlandesas van a dar a las obras más representativas, como las de Lady Gregory o Synge, y nutren de fuerza dramática la perspectiva política. Por ese tamiz, en esa urdimbre, las figuras míticas, los complejos arquetipales de los reyes del Ulster, los héroes como Cuchulainn, los amores, las peripecias van de nuevo a dar a los textos de la poesía y la literatura irlandesa más reciente. Esas sagas y esas tradiciones míticas, esos cantos y ese universo simbólico están de manera orgánica no sólo en la literatura y la poesía, en los cantos y en las leyendas, sino que son parte de la cultura irlandesa. Si habláramos en términos muy contemporáneos de esas singularidades, como unidad conceptual o de sentidos, esos memes, siguiendo las expresiones técnicas de Richard Dawkins, ellos son parte integral de la literatura de Jonathan Swift, Oscar Wilde o Bernard Shaw y no son ajenas a esa personalidad extrema que presenciamos en James Joyce o Samuel Beckett.

No es una mera pregunta por el carácter nacional sino cierto sabor, cierta iconoclastia que hay también por instantes entre algunos de nuestros mejores escritores colombianos y que podemos leer en ellos, aunque se odien o desprecien entre sí. Pero no apunto a ese núcleo de diferencias, a ese germen diferenciador, pues lo que inquieta es el trasfondo vivificador, unitivo que tienen la poesía y el mito. Eso que Seamus Heaney ha logrado captar y que se expresa como una suerte de convicción de que la poesía en sus diversos momentos, en diferentes lenguas o tradiciones, puede hacer un puente entre realidades históricas y políticas enormemente diferentes y puede planearnos ese orden subyacente, esa armonía universal que tratamos de captar, de hacer visible.

Lezama Lima, uno de mis poetas preferidos en lengua española, dice:“Un puente, un gran puente no se le ve” y Lezama a su vez se mueve en unos vermes del sueño que también transitó Pessoa, y trabajan toda una vida para restituir el paraíso que la poesía hace visible de manera sencilla y accesible a los seres humanos, y ello es posible porque también la hominización se manifiesta en nuestra capacidad de captar y expresar tonos de sensibilidad, sencillos sentidos de las cosas que nos unen más allá del tiempo, más allá de las diferencias que queramos marcar con las lenguas y los poderes.

Por ello hablar de los poetas de Irlanda y de Graves es recordar que los ciclos Osiánicos, las hazañas de los héroes, cobran vida de nuevo de las manos de estos escritores y poetas y pueden verse transmutadas en las tradiciones sapienciales de la humanidad y en las leyendas que nos cobijan hace miles de años. El tono maravilloso de la tradición irlandesa, su novedad, su aporte más original quizás es un modo de ser rebelde, un modo de ejercer la crítica, algo que se puede beber en Moore y su insistencia en las manos, las manos humanas o en Joyce y su soberana introducción de la singularidad de su existencia como motivo de su literatura; es algo que viene desde los hijos de Milesius que con espada en alto llegaron a las praderas de Irlanda hace más de dos mil años y, antes del mensaje de Cristo, se enfrentaron con los titanes inhumanos, los Fomores, primitivos habitantes de la isla.

Las canciones de Amergin arrebataron el poder a lo inhumano, se sobrepusieron a los titanes. Entre nosotros en Antioquia hay un escritor titánico que muerde y devora y lo contrapongo a esta tradición poética de Irlanda y es que antes de poetizar es más fácil morderse la lengua y regalarla a sus iguales y que ellos la digieran o la aprovechen. Uno puede abjurar de la patria, escupir la lengua después de morderla o insultar y alejarse de la madre, pero esos son sólo gestos, ademanes descifrables. Ni la tierra, ni la lengua, ni la madre son prescindibles; puedo callar y olvidarlas, pero ya son tejido de nuestra carne, millones de neuronas y estructuras completas de ellas las albergan, menciono la piel, la memoria, los ojos, para no poner sino tres ejemplos. Por ello Fernando Vallejo es sólo un hijo pródigo de la poesía.

Y esa memoria corporal que eleva el cuerpo por el valor en el combate, es parte de la tradición poética irlandesa, y Graves la capta toda para recordarnos que un buen poema tiene un efecto corporal, nos eriza o nos cambia para siempre. En alguno de sus estudios sobre la mitología celta, Graves nos recuerda que cuando los poetas nos nutrimos de la mitología no debemos olvidar los velos que siempre la recubren y que fueron, para poner ejemplos, filósofos atenienses los que resumieron y perpetuaron las tradiciones míticas relacionadas con Dionisos y, como lo ha estudiado Georges Dumézil, fueron monjes cristianos los que recogieron la mitología celta. Pero este es un punto importante pero no definitivo pues más allá de
los velos están los arquetipos, más allá de las historias y las leyendas están los complejos presentes, está ese fondo, esas ansias de llegar al profundo
movimiento que nos funda y tratamos de nombrar, algo sideral y cósmico, agua y aire que convoca el poema;

Mi ansia no es mía.
Ella es vieja como las estrellas,
nacida de la nada una vez
como ellas,
del vacío infinito.

El murmullo en el árbol,
el golpe de las olas, contra la playa,
la gran montaña allá lejos–
todo ello despierta mi ansia.
Pero no de nada aquí.
De algo infinito muy lejos
algo que hace mucho tiempo–
antes que el mar, antes que la montaña, antes que los vientos.

(Pär Largervist)

Y por ello es bueno recordar también que la poesía irlandesa es una planta de raíces rizomáticas que se duplican y se suman lo cristiano y lo celta y el gaélico y la lengua de Graves. Desde finales de la Edad Media la poesía y los cantos en inglés reflejaron la dinámica social, política y cultural de una sincrética relación de elementos que ponen a los traductores en serias dificultades, y a su vez, la actividad de reconocimiento entre esas tradiciones lingüísticas, ha enriquecido el panorama de esta poesía densa y rica que, con W.B. Yeats, tiene un ejemplo cimero de lo que significan estos acarreos, este ejercicio de traducir y traducirse, ejercicio que el movimiento poético mundial, en este comienzo del tercer milenio, conduce hacia un pleno y comprensible furor.

Traducir no es traicionar en esta dirección que anoto y no salen ganando sólo las lenguas dominantes, ni puede ser el momento para hacerle eco a
las pesimistas expresiones del mismo Fernando Vallejo, que como un ángel apocalíptico anuncia la muerte del español en el que escribo. Traducir tiene sentido y es como buscar los centro ígneos de toda lengua, los que permiten nombrar ese orden crucial de lo humano que la poesía de todos los tiempos nombra y busca con una insaciabilidad que es la de la especie, la de nuestra curiosidad que nunca se encuentra plena.

Los poetas de Irlanda elogian una libertad que se recupera en cada canto, que se sobrecoge y supera cada invasión, sean normandos, vikingos o ingleses; libertad y su deseo que se enriquece con esas aguas fieras que llegan a sus playas para cantar la suma de sus libertades tan deseadas. La misma libertad de los felinos, la del monje de Leinster que como el antioqueño Juan José Botero sueña con ser un gato. Al monje de Leinster lo consideran los estudiosos de la poesía irlandesa el primer poeta lírico que habla desde lo vivido y lo vuelve poema, la diferencia con Botero es que a nuestro poeta del gato nadie lo nombra y al monje de Leinster los historiadores de la poesía irlandesa lo ponen al lado del célebre Cuchulainn, el lebrel del Ulster, como un héroe. En lengua española Borges ha hecho un bello esfuerzo por recordarnos que los poetas de Irlanda, los relatores de la saga son de una riqueza que merece ser resaltada y homenajeada como lo hizo Graves en la Diosa Blanca.

Siguiendo el espíritu de los poetas de Irlanda, Graves se acerca a los grandes mitos y recuerda que los milesios llegaron a Irlanda a través de España y llevaron con ellos la tradición de Oghman “la cual es una forma temprana de alfabeto que nos remite a los días en que las letras se originaban en laobservación del vuelo de las grullas“. Y ese contacto con los mitos vivifica al ser humano y a su expresión más originaria, y por ello el vigor de esta poesía irlandesa y la vigencia de Graves, que nos recuerda que la poesía se relaciona de manera esencial con el sueño y actualiza los grandes mitos para hacerlos fuerza viva de la cultura, que se empobrece si la dejamos a merced de los meros conceptos y las tradiciones más tardías de la ciencia y la filosofía, tradiciones que aún no saben desentrañar el poder de lo mitopoético, pero ya por lo menos desde el romanticismo y el siglo XIX saben reconocerlo, y no quedan supeditadas a las metas que Sócrates y Platón con simpleza trazaron para el intelecto.

Eufrasio Guzmán nació en Tuluá, Colombia, en 1951. Poeta, escritor e investigador de literatura y poesía. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Pontificia Bolivariana, desde 1981 ha sido profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia. Ha escrito ensayos sobre algunos de los poetas colombianos contemporáneos y sobre temas de antropología y etología humana. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas De la navegación; Respiración de la casa. También publicó Del patio y el velamen, ensayos sobre la obra de Lezama Lima.

Publicado en noviembre de 2012

Última actualización: 28/06/2018