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Seis poemas de Seamus Heaney

 

Nacido en Mossbawn, Tamniarn (County Derry, Irlanda del Norte), Heaney, heredero del profundo legado de la poesía irlandesa, estudió en el St. Columb’s College y en la Queen’s University de Belfast. Entre 1962 y 1963, fue profesor de escuela secundaria. Enseñó poesía y literatura contemporánea en universidades de Irlanda, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Heaney recibió el Premio Nobel de Literatura en 1995. Sus libros de poemas publicados a la fecha son Death of a Naturalist (1966), Door Into the Dark (1969), Wintering Out (1972), North (1975), Field Work (1979), Selected Poems 1965-1975 (1980), Sweeney Astray (1983), Station Island (1984), The Haw Lantern (1987), New Selected Poems 1966-1987 (1990), Seeing Things y The Spirit Level (1996). Como ensayista publicó: Preocupations. Selected Prose 1968-1978 (1980), The Government of the Tongue (1986) y las conferencias dictadas en Oxford bajo el título The Redress of Poetry (1995). La bibliografía de Heaney se completa con Laments —poemas de Jan Kochanowski, traducidos en colaboración con Stanislaw Baránczak—, la pieza teatral The Cure at Troy, adaptación de Filoctetes, de Sófocles, The Rattle Bag (1982) y The School Bag (1988), dos imponentes antologías de poesía compiladas junto con el poeta británico Ted Hughes.

 

Réquiem por los muchachos rebeldes


Con los bolsillos de los abrigos llenos de cebada –
No se cocina corriendo, el campamento no se levanta –
En nuestro propio territorio nos movíamos súbitos y veloces.
Sacerdote y vagabundo se juntaron en la trinchera.
Un pueblo –no marchando propiamente, pero si andando a pie.
Nuevas tácticas inventábamos cada día:
Nuestras lanzas cortaban tanto las riendas como a los jinetes,
Atizando al ganado en estampidas contra la infantería.
Luego retirarnos tras las cercas para desbancar a la caballería.
Hasta que, en Vinegar Hill, la encerrona fue fatal.
Miles murieron en el terraplén, agitando guadañas contra cañones.
El monte enrojeció, empapado por el estallido de nuestra ola.
Nos enterraron sin ataúd ni mortaja
Y en agosto, en aquella fosa, germinó la cebada.

Traducción de Joe Broderick


Acto de unión


Esta noche, un primer movimiento, un pulso,
Como si la lluvia del pantano se acumulara
Para soltarse en torrentes: detonación de turba,
Herida abierta en el nido de los helechos.
Tu espalda es una línea firme de la costa oriental,
Piernas y brazos tendidos
Más allá de tus montes graduales. Acaricio
La provincia jadeante donde nuestro pasado ha crecido.
Soy el alto reino sobre tu hombro
Que no pudiste ni seducir ni ignorar.
La conquista es una mentira. Envejezco
Cediendo a tu orilla casi independiente
Dentro de cuyas fronteras ahora mi legado
Culmina inexorable.

II

Y sigo siendo imperialmente
Macho, dejándote con el dolor,
El proceso de parto en la colonia,
El golpe del ariete, el estallido desde adentro.
El acto engendró una obstinada quinta columna
Cuya postura crece de un solo lado.
Su corazón bajo tu corazón es un tambor de guerra
Convocando a las fuerzas. Sus pequeños puños
Parásitos e ignorantes
Ya golpean tus fronteras, y sé que me tienen en la mira
A mí, por encima del agua. Ningún tratado
Previsible sanará completamente tu cuerpo
Extenuado, atormentado, del gran dolor
Que te deja en carne viva, tierra abierta, otra vez.

Traducción de Joe Broderick


Víctima


I

Solo acostumbraba beber
Y, levantando un pulgar curtido
Hacia la repisa alta, señalar
Otro ron pedido
Con jugo de zarzamora,
Sin alzar la voz,
U ordenar una cerveza de afán
Con un simple gesto de los
Ojos y un discreto accionar
Como de quien le quita la espuma.
A la hora del cierre salía

Con quepis y botas pantaneras
A la oscuridad lluviosa,
Soporte de una familia,
dependiente del subsidio
Aunque hecho para trabajar.
Me gustaba su manera de ser,
De paso firme pero astuto en demasía,
De cara sobria, de tino disimulado,
Con su mirada alerta de pescador.
Todo –aún de espaldas– lo veía.

Incomprensible
Para él, mi otra vida.
A veces, en su alta banca,
Fingiendo cortar con su cuchillo
Un taco de tabaco,
Sin mirarme a los ojos
En la pausa que seguía al sorbo,
Diría algo a propósito de la poesía.
Estaríamos a solas
Y yo, diplomático y siempre
Temeroso de parecer condescendiente,
Lograría, por algún artificio,
Desviar la charla hacia las anguilas,
O cosas de caballos y carretas,
O del IRA.

Pero él, por la espalda, miraba
Mi arte tentativo:
Lo volaron en pedazos
En el bar durante el toque de queda
Que otros acataron, a las tres noches
De aquella masacre
De trece hombres en Derry.
PARAS TRECE, decían los muros.
BOGSIDE CERO. Aquel miércoles
Todo el mundo suspendió
El aliento y tembló.



II

El día fue de un silencio
Crudo, frío, con sotanas
Y roquetes levantados por el viento:
Ataúd tras ataúd,
Mojados de lluvia y cargados de flores,
Parecían flotar desde el pórtico
De la catedral colmada
Como capullos en la corriente lenta.
El funeral común
Tendió su larga faja,
Acariciando y apretando,
Hasta tenernos fijos y amarrados
En un aro como hermanos.

Pero él no permitía que su gente
Lo retuviera en casa
Pese a las amenazas por teléfono
Y tanta bandera negra ondeando.
Lo veo al voltearse
En aquel lugar ofensivo de la bomba,
Confundidos el remordimiento y el terror
En su rostro aún reconocible,
Su franca mirada arrinconada
Cegada en la explosión.

Había viajado varias millas
Porque bebía como un pez,
Nocturno, nadando
Con naturalidad hacia el cebo
De lugares cálidos, iluminados,
La malla nebulosa y las voces en sordina
Y el meandro por entre las copas
Del humo sociable.
¿Cuál fue su culpa
Esa última noche al romper
Con la complicidad de nuestra tribu?
“Usted que tiene fama
De persona educada”,
Le oigo decir. “A ver si a ésa le encuentra
La respuesta adecuada”.

III

Perdí su entierro,
Los caminantes silenciosos
Hablando de medio lado,
Yendo en cardúmenes por el callejón
Al ronroneo respetable
Del coche fúnebre…
Se mueven a la par
Con el habitual
Y lento consuelo
De un motor en neutro,
El sedal recogido, puño
Sobre un puño, un sol frío reflejado
En el agua, la orilla
Cubierta de neblina: aquella mañana
Que me llevó en su bote,
La hélice girando, volviendo
Blancas las aguas indolentes,
Con él saboreé la libertad.
Salir de madrugada, levantarla
Poco a poco del fondo,
Despreciar la pesca, y sonreír
Al encontrar el ritmo
Que lo lleva a uno lento, milla tras milla,
Hacia el hogar cierto

En alguna parte, bien lejos, más allá…
Tú que vuelves de olfatear el alba
Caminante de media noche entre las lluvias,
Interrógame una vez más.

Traducción de Joe Broderick

Norte


Regresé a la playa larga,
esa forjada herradura de bahía,
y hallé tan solo los poderes
seculares del estruendoso Atlántico.

Confronté las invitaciones
desencantadas de Islandia,
las colonias patéticas
de Groenlandia, y súbitamente

aquellos fabulosos invasores,
esos que yacían en Okney y Dublín
midiendo su talla
contra sus largas espadas oxidadas,

aquellos en la barriga
sólida de barcos de piedra,
aquellos, despedazados y centelleantes
en la gravilla de arroyos descongelados,

fueron voces ensordecidas por el océano
que me amonestaban, alzadas de nuevo
en violencia, en epifanía.
Vista hacia atrás, la lengua flotante

de esa nave vikinga resultó boyante –
me dijo que el martillo de Thor
pende entre la geografía y el comercio,
el vínculo de mentes lerdas y venganzas,

odios y el cuchicheo a las espaldas
en el parlamento, mentiras y mujeres,
los agotamientos a los que llaman paz,
la memoria incubando una sangre derramada.

“Acuéstese”, dijo.
“Atesore palabras, cave
En la madeja y destello
de su cerebro fruncido.

Componga en tinieblas,
Espere la aurora boreal
durante su largo desalojo,
pero ninguna cascada de luz.

Mantenga el ojo limpio
como una burbuja en el carámbano,
confíe en el tacto de ese mínimo tesoro
que sus manos han conocido”.

Traducción de Joe Broderick


Tierra pantanosa


Para T.P. Flanagan

No tenemos praderas
que corten un gran sol al atardecer:
dondequiera que la mirada reconozca
un horizonte intruso,

será atraída al ojo de cíclope
de un pequeño lago. Nuestro país sin alambrados
es un pantano que sigue encostrándose
entre sol y sol.

Sacaron de la turba el esqueleto
del Gran Alce irlandés*,
lo montaron, asombroso
canasto lleno de aire.

La manteca enterrada hace
más de cien años
fue recobrada salada y blanca.
La tierra misma es blanda manteca negra

que se derrite y abre bajo los pies,
que no termina de definirse
por millones de años.
Nunca extraerán carbón de aquí,

sólo troncos de grandes abetos
llenos de agua, blandos como pulpa.
Nuestros zapadores siguen golpeando
hacia adentro y hacia abajo,

en cada capa que sacan
parece que antes ya han acampado.
Los lodazales quizá sean filtraciones del Atlántico.
El húmedo centro no tiene fondo.

Traducción de Jorge Fondebrider

Nota del Traductor:
* El Gran Alce irlandés fue una especie extinta de ciervo, cuya gran envergadura y enorme cornamenta superaban a cualquier otra especie conocida de cérvido. Sus esqueletos se exhiben en el Museo de Historia Natural de Dublín.


Desde la frontera de la escritura


La tensión y la nada ciñen aquel espacio
cuando el coche para en el camino, las tropas revisan
modelo y chapa y, mientras uno de ellos asoma la cabeza

por tu ventanilla, te das cuenta de que hay más
en una colina distante, apuntando fijo con fusiles amartillados
que te mantienen bajo control

y todo es pura interrogación
hasta que alguien mueve el rifle y uno acelera
con fingida despreocupación.

Un poco más vacío, un poco gastado,
como siempre, por ese estremecimiento del yo,
sojuzgado, sí, y obediente.

De modo que sigues manejando hasta la frontera de la escritura
donde vuelve a suceder. Los fusiles en los trípodes;
el sargento con el transmisor repitiendo

tus datos, esperando para darte paso;
el francotirador, como un halcón
apuntándote incómodo por el sol.

Y de pronto te dejan seguir, acusado pero libre,
como si hubieras pasado desde atrás de una cascada
a la corriente negra de una ruta de asfalto

dejando atrás carros blindados, por entre soldados apostados
que se reflejan como sombras de árboles contra el parabrisas lustrado
y se alejan.

Traducción de Jorge Fondebrider

Publicado en noviembre de 2012

Última actualización: 28/06/2018