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Información editorial

 


Presentación


El pasado no sucumbe en Irlanda. Volverán a soñarlo. No preguntes quiénes están ahí. Todos los muertos viven arriba, en una fiesta flotante. Basta levantar un círculo de piedras, trazar sobre la arena las antiguas runas, para lograr que retornen las formas mágicas antiguas.

Y es cerveza lo que cae cuando llueve, la cerveza del País de los Jóvenes se bebe para comprenderlo todo. Bajo las constelaciones de las que forman parte, la canción de los dioses es presencia. Entre el muérdago que arde se ocultan los planetas. En Tara, alrededor de Lia Fail, la piedra del destino, todavía se reúnen los poetas para acordar el fin de las batallas. El gaélico es la lengua sobrehumana.

La poesía canta el prolongado sueño. Es así como tienen que vivir, con una mirada eterna, alerta de navegantes y pescadores. “Yo soy el mar” -llama Llyr-: “Ven a nadar en mí”. Sus barcos regresan tras meses de navegación, ellos cantan entre los aparejos. Anclan en Án Dubh Linn. “Te llevaré conmigo”, dicen al remo.

Pero vikingos, romanos e ingleses han desembarcado también en sus costas y permanecen en sus tiendas de guerra durante 11 siglos, con los mapas de asalto desplegados sobre las toscas mesas. Hay que levantar las torres y resistir, escuchando el arpa entre los arrecifes, cuando la furia contra la existencia es un océano de odio. Una tras otra, las olas de ejércitos cargan contra las costas, guerreros al galope gritan a la noche su nombre de batalla. Todos los irlandeses fueron a prisión... Un hombre enterrado en la arena hasta el cuello tarda tres mareas en morir. Sitiados por el dogma, aunque las tumbas se abren, laten las canciones en los corazones resistentes. Tantas armas alzadas como estandartes invasores. Aunque “miles murieron en el terraplén, agitando guadañas contra cañones… Y en agosto, en aquella fosa, germinó la cebada”.

Entre los hierros creció la dulzura. Ellos saben por qué los invasores crearon la muerte. Si les preguntas a dónde conduce el camino, “hasta el final”, responden. La conmoción perdura hasta las puertas del paraíso. Esos ríos de cambio y agitación corren en su sangre. Preservan el caldero de estrellas, el mecanismo de diamante de la canción de antes del tiempo, la melodía de los dioses cantada en el valle de la existencia, en la paz sin límites del mar antiguo, en tanto el amor deslice sus brazos entre los suyos, abrigados por el sueño inmaterial.

Publicado en noviembre de 2012

Última actualización: 28/06/2018