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Fernando Herrera, Colombia

 

Barrio Triste


Yo frecuenté
las calles de ese barrio.
Yo vi los camiones vencidos
aguardando al pie de las aceras.

Yo vi los talleres de torno
con sus ardidas virutas de acero,
con sus yunques aporreados;
y vi en sus paredes,
carteles con hombres enmascarados
antes de la lucha del sábado
y a bellas hembras
cuyo sexo era ya
un agujero en el muro.

Yo vi a desvalidas mujeres encinta
apuntando la suerte de un número
en un cuaderno,
y a jóvenes que habían crecido
“del lado de la gasolina”,
maldiciendo sus vidas.

Yo vi el nácar falso
en los timones,
y moteados peces
goteando en un ángulo
de los camiones.
Conocí la parla trasnochada y risueña
de aquellos curtidos marineros de asfalto.

Yo conocí también
los ladrones de esas calles,
sé de corazón sus precisas canciones,
y sé cómo era en verdad
aquel un barrio triste.

Yo vi cómo allí también
en aquellas esquinas olorosas a aceite quemado,
tan distantes de las soleadas praderas
donde las salvajes manadas
son pastoreadas por los astros,
aquellos hombres, mansamente,
hacían de la vida
algo cruel y hermoso.

 

Russian River

Sobre la verde lentitud del agua,
madurada por el drástico verano,
una hoja amarilla de sauce me revela
que ese sofocado paisaje
que huye y que se queda, es un río.
También sé, por la trucha que salta
a cazar un insecto, que el agua está viva
y que es misteriosa y clara,
y que lejos, muy lejos,
para que esto suceda,
se abrazan los astros.
Desnudo, tendido sobre la arena,
humildemente,
como otro animal cualquiera,
también yo festejo el verano.

En el bus

Va en el bus una mujer negra
leyendo una carta
y a través de las líneas
escritas con torpeza
en el papel de rayas azules
veo las casas lacustres
la conversación y los taburetes reclinados
con los perezosos torsos desnudos
bajo los almendros

Siento el olor de las aguas descompuestas
la lluvia alborotando sobre los tejados rojos
las finas canoas de palo
que peina la corriente del río
y ese sonido seco de marfil
que tiene el dominó vespertino

Arizona


En estas estériles llanuras
donde antes el humo
fue palabra entre los hombres
ahora el asfalto
el ruidoso desasosiego de las máquinas
o la radio que repite
descoloridas canciones de amor
en la gasolinera desolada
Nadie podrá usurpar jamás sin embargo
su vasta morada a los reptiles
en cuyo encendido ocaso
crepitan milagrosamente
los cactus y las zarzas

 

Nocturno

Déjame en aquella olvidada cantina,
donde pasan rugiendo hacia
la costa los camiones.
Donde bajo las luces de neón
y la música de los acordeones
esperan encendidos los motores Diesel,
y el acre olor a cisco
y orina de novillo.

Déjame, que con el alba podré ver,
atravesando la carretera,
al pie de los algodonales,
los contrahechos aviones
que han dormido en el terraplén
oloroso a kerosene y fungicida.

Déjame en aquella olvidada cantina,
porque quiero sentir toda la noche,
la presencia de estos raros elementos
que también pueblan la tierra.

 


Mi madre llega a La Gare Du Nord


Vendidas las joyas
el tren llega a las once y cuarenta
En el agitado ambiente de la estación
no es mi madre
ni soy yo
Tampoco existe la intrincada historia
de su anhelado y postergado viaje a Europa
Somos
mi madre y yo
una anciana y un muchacho
que se abrazan en un muelle
Ellos
los soldados
desde el tren
aplauden y ríen
mientras mi madre y yo
al borde del llanto
nos abrazamos y reímos

 

Una tarde en mesitas del colegio


Ha pasado el caluroso domingo.
En las ventas de comida de la plaza
aún humean los calderos,
y las venteras soñolientas y ociosas
conversan reclinadas sobre las mesas solitarias.
Unos asnos ennegrecidos,
mansamente mastican los capachos de maíz
que han quedado esparcidos por el suelo
entre todas las sobras del mercado.
Los hombres, con un descorazonado aire pendenciero,
están ebrios en las cantinas,
dados a la repetición de canciones
que hablan de la vida con una pasmosa certeza,
y las muchachas, con sus mejores vestidos,
recorren por última vez el atrio y las terrazas.

Ha pasado el caluroso domingo sobre el pueblo.
Bajo un apacible cielo azul
aparecen las primeras luminosas estrellas,
las últimas oscuras golondrinas.


Amor constante más allá de la muerte


Cuando ya por fin no haya
más hombres sobre la tierra
y sea para otros animales
el doloroso destino de gobernar el mundo
¿Con qué rugidos gorgeos o relinchos
también otro animal; entristecido
dirá tu nombre en medio de la tarde?

Fernando Herrera. Fotografía de Sara Marín Fernando Herrera  Nació en Medellín, Colombia, en 1958. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía: En la Posada del Mundo, Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia en 1985, La Casa Sosegada, Universidad Nacional de Colombia 1999 y Sanguinas, Ganador del VIII Concurso Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 2002.
Se le otorgó una Beca de Creación de Colcultura en poesía en 1993. Obtuvo también una de las becas de Residencias Artísticas Colombia-México otorgada por el Ministerio de cultura y el FONCA en el año 2004. Ha sido publicista, editor de obra gráfica y de libros de artista y gestor cultural, comentarista de libros en revistas y periódicos especializados. Poemas suyos han aparecido en distintas revistas y antologías nacionales e internacionales.

Publicado en agosto de 2013

Última actualización: 28/06/2018