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Ilya Kaminsky, Rusia-EE.UU.


Ilya Kaminsky en el 23° Festival Internacional de Poesía de Medellín

Elogio de la risa


Donde los días se doblan o enderezan
en una ciudad que no pertenece a nación alguna
sino a todas las naciones del viento,

ella hablaba el lenguaje de los álamos—
sus orejas temblaban mientras hablaba, mi tía Rosa
componía odas a las barberías, a las farmacias.

Su alma caminaba en dos pies, el alma o no alma, la mesada
de un niño,
le encantaban los músicos callejeros y sabía
que mi abuelo componía charlas sobre la oferta

y la demanda de nubes en nuestro país:
el Estado lo declaró enemigo del pueblo.
Él corrió tras un tren con tomates en su abrigo

y bailó desnudo en la mesa frente a nuestra casa—
fue baleado, y mi abuela fue violada
por el fiscal, quien le hundió un lapicero en su vagina,

el mismo lapicero con el que firmaba condenas de hasta veinte años.
Pero en la historia secreta de la ira—el silencio de un hombre
vive en los cuerpos de otros—mientras bailamos para no caernos,

en medio del doctor y del fiscal:
mi familia, la gente de Odessa,
mujeres con pechos enormes, viejos inocentes y mimados,

todas nuestras palabras, puñados de plumas en llamas
que ascienden y ascienden con cada recuento.

Maestro

¿Qué es la memoria? lo que hace brillar un cuerpo:
un huerto de manzanas en Moldavia y la escuela es bombardeada—

cuando las escuelas son bombardeadas, la tristeza queda prohibida
—escribo esto ahora y siento el peso de mi cuerpo:

las niñas que gritan, 347 voces
en la historia de un doctor que las salva, sus manos atrapadas

bajo un muro, su nieta que muere cerca de donde él está—
ella susurra No quiero morir, he comido tales manzanas.

Él toca la boca de ella como un ciego que lee los labios
y grita: ¡Cállate! ¡Estoy cerca de la ventana, voy

a pedir ayuda! hablando,
no puede dejar de hablar, en la oscuridad:

de Brahms, de Chopin, les habla para calmarlas.
Un doctor, sí, cualquier ventana

enmarca su vida, afuera: los tomates crecían, las nubes pasaban y nosotros
vivimos una vez. Un doctor con un tatuaje de un papagayo en su brazo atrapado,

al ver que los pómulos de su nieta
ya no eran sus pómulos, con precisión quirúrgica

cose el sufriendo y la gracia:
pasan dos días, él grita

desde su ventana (no hay una ventana) cuando llega
el rescate, habla de Chopin, Chopin.
Le cortan las manos, las enfermeras dicen que él “está bien”
—en mi sueño: él, de pie, alimenta a las palomas, rodeado

de palomas, pájaros en su cabeza, en su hombro,
él grita ¡Ustedes no entienden nada!

Él respira hasta dormirse, la ciudad duerme,
no hay tal ciudad.

 

Bailando en Odessa


Vivimos al Norte del futuro, los días abrían
cartas firmadas por un niño, una frambuesa, una página de cielo.

Mi abuela arrojaba tomates
desde su balcón, ella tiraba de la imaginación como de un mantel
sobre mi cabeza. Yo pintaba el rostro de mi madre.
Ella entendía de soledad,
escondía a los muertos en la tierra como si fueran partisanos.

La noche nos desvistió (yo le tomé
el pulso) mi madre bailó, y llenó el pasado
con duraznos y cacerolas. Mi doctor se reía de esto, su nieta
tocó mi párpado—yo la besé
 
detrás de su rodilla. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.
Y mi compañero de escuela inventó veinte nombres para Judío.
Él era un ángel, no tenía nombre,
nos peleamos, sí. Mi padre peleó
en tractores contra los tanques alemanes, yo guardaba una maleta llena
con poemas de Brodsky. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.
De noche, me despertaba a susurrar: sí, vivimos.
Vivimos, sí, no digas que fue un sueño.

En la fábrica local, mi padre
tomó un puñado de nieve, lo puso en mi boca.
El sol dio inicio a su narración de rutina,
blanqueando sus cuerpos: madre, padre bailando, moviéndose
mientras la oscuridad hablaba a sus espaldas.
Era abril. El sol lavó los balcones, abril.

Yo recuento la historia que la luz graba
en mi mano: Pequeño libro, vete a la ciudad sin mí.

Traducciones de G. A. Chaves

 

Ilya Kaminsky (Rusia-EE.UU.). Fotografía: Festival de Poesía de Medellin Ilya Kaminsky  Nació en Odessa, antigua Unión Soviética, en 1977, actualmente Ucrania, y vive en Estados Unidos desde 1993. Autor del libro de poemas Dancing In Odessa, 2004, que ha ganado diversos reconocimientos importantes en Norteamérica. Al decir del poeta polaco Adam Zagajewski, “Danzando en Odessa nace bajo dos signos - Memoria y éxtasis. Ilya Kaminsky procede como un jardinero perfecto - él injerta los dones de la más reciente tradición literaria rusa en el árbol americano de la poesía y el olvido”. Sus poemas han sido traducidos a numerosas lenguas y sus libros han sido publicados en Holanda, Rusia, Francia y China, donde su poesía fue galardonada con el Premio Internacional de Poesía Yinchuan. Otros de sus libros de poesía: Traveling Musicians; Deaf Republic y Música Humana. A finales de los 90s, co-fundó Poetas por la Paz, organización que patrocina lecturas de poesía en Estados Unidos y en el extranjero con el objetivo de apoyar a organizaciones tales como Médicos sin Fronteras. Actualmente, es profesor de Inglés y Literatura Comparada en la Universidad Estatal de San Diego.

Publicado en agosto de 2013

Última actualización: 28/06/2018