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Carlos Satizábal (Colombia)

Por: Carlos Satizábal

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 94-95. Julio de 2013.

 

 

Río de tumbas

Esta tierra es muy suave, muy tibia, nada estéril,
y la fecundan largos ríos de dolor.
Porfirio Barba Jacob

He descendido de otras orillas,
mis ojos vuelan en la hondura,
mis labios no musitan quejido alguno
pero oigo y pienso y hablo pensamientos.

Otros vienen conmigo, los siento y los sueño.
Oigo el rumor de sus espíritus y les pienso
y ellos piensan y sueñan para mí sus recuerdos.
Muchos llevan quinientos y más años navegando.
La loca algarabía de los peces
se enreda en el tejido de tantas voces mudas.
Alguien canta y el agua apenas se detiene
y tierra abajo besa su canto las rojas orillas.

El humo y las llamas y el aullido solitario
de los perros sin amo se alzan a dios,
muerto también. Dios no viaja con nosotros.
Dios vaga solo en el alto aire sagrado.

Los perros persiguen su cola y gruñen y aúllan.
Oigo en el sueño las varias voces de mi perro
y el ronronear de mis gatos en el jardín.

Igual otros piensan y oyen la voz de sus animales:
sus vacas perezosas arrimando al ordeño,
sus mulas tercas subiendo y bajando las lomas del invierno.

A mi lado la maestra canta nuevas rondas africanas
y los niños dibujan en el cielo de humo los mapas perdidos.
Somos pueblos del agua, de la tierra ardiente, del mar amoroso,
de los páramos de luz, de las altas lagunas de alabastro.

Unos apenas recuerdan el rumor del agua
en la orilla arcillosa del río donde nacieron.
Y otros guardan sólo una sombra del relámpago de las altas lagunas.
O un rojo destello del calor en el espejo del mediodía.

Pero todos en nuestro río anhelamos una arena última. Una playa sola.
Una roca serena que lenta se disuelva en el viento de los siglos.
Todos. Aún aquellos que llegamos del río más secreto u olvidado,
y ya somos sólo canto, rumor del agua en la memoria inútil.

 

Insepultos

Rappelez-vous l´objet que nous vîmes, mon âme,
ce beau matin d´été si doux:
au détour d´un sentier une charogne infâme
sur un lit semé de cailloux…

Charles Baudelaire

No cesan las luciérnagas del alma
hasta ser el cuerpo barro del aire,
agua del mundo, tierra elemental.
Desangrado mi cuerpo sobre la tierra negra
veo ascender el aura violeta de mi muerte
y veo a los ávidos zamuros rodearla
y planear en altísimos círculos de sombra.
Más allá, el cielo azul y los rayos negros y rojos
en la tarde de los dioses muertos.
En sus alas vienen por mí y por los otros
que aquí conmigo arrojan el alma por la boca.
Mensajeros de la nube, picos de diamante negro,
ellos esparcen por el aire y por la luz nuestra carne
y dejan al viento, a la lluvia y al rugido del sol
tallar la blancura amarillenta de nuestros huesos.
Nuestra tumba será su vuelo.
Sus graznidos serán nuestro arrullo.
Allá abajo nuestra gente creerá vernos llegar cada mañana,
con un pálpito en sus manos que se abren al abrazo
y la felicidad del agua que lava el tiempo con sus lágrimas.

 

La calle de los vándalos

 

Los vientos de agosto han apurado su lengua de cuchillos
y julio hierve aún en las calles y los tejados.
He huido de la vieja muerte agazapada, allá, en las rojas esquinas de la tierra.
Hoy el cielo de plomo cae humeante en el abismo de los ojos y los ciega.
La plaza se borra con mis pasos sobre el húmedo espejo de las piedras.

A lo lejos anuncian el caos de los vándalos
gritos de trompeta, estruendo de tambores.
Ya llegan. Han dejado sus altas guaridas del humo
y de nuevo baten hierros y harapos cual banderas.

Las piedras dormidas del río y el eco roñoso de los puentes
amainan la algarabía en los contracantos del agua.

Se acercan. Unos lanzan fuego por los ojos y las bocas.
Otros, en zancos, bailan la anárquica musurgia
de sus fierros, sus cueros y sus bronces.

Todos a una, cruzan la plaza e incendian Shakespeare and Company.
Una nube de ceniza y memorias de papel se roba el cielo.
Y al canto de todos, todos se arrojan a las aguas
y asaltan los muros sagrados de la Isla de Francia.

Un monstruo grita en las torres. Una mujer llora con llanto de campana.
El Papa balbuciente ora en su pequeña celda de cirios y madera:
el chirriante olor del sebo ardiendo amasa la muerte con la santidad.
Adentro, en el templo sombrío, de blanco puro tras el altar, cantan los niños.

El agua espesa del río tiembla. En los hondos subterráneos de la vieja ciudad muerta,
pasan los trenes del olvido atestados de pasajeros sin destino:
Ancianos lectores, niños envejecidos, ruinas de un mito disecado.

Por las junturas de las piedras los vándalos trepan hasta los vitrales de oro.
En lo alto, una gárgola pierde su nariz. Cae y dibuja círculos concéntricos
sobre la pestilencia del foso. Los vándalos gritan de gozo.

Una mano de piedra levantan las manos del vándalo más ronco.
Una voz de granito se derrumba en trozos. Más gritos.
El zanquero rompe un cristal rojo con el palo de su tambor,
el fuego se escapa y vuelve la arcilla a ser detritus.

Por la luz del agujero las navajas de agosto arrojan a la ciudad de las orillas
la voz blanca de los niños: Puer natus est, canta el coro.
Otro cristal se hace polvo contra la boca herida de un demonio.
Crece y cae el canto como un mar en cada oído preso en su caracol.

Uno a uno los vándalos descienden de los muros profanados.
Han triunfado. De nuevo han triunfado los vándalos.

Ya se agazapan por los rincones donde huye la luz de la noche.
Ya ahogan su locura en el jugo tibio de las amapolas.

En la mitad del verano ha llegado el otoño con su lengua de alabastro pintada de rojo.
Amanece. Las jeringas rotas ruedan hasta el río por las escalinatas del templo.
Se aleja el canto de los niños. Amanece y es torpe la algarabía del retorno.
Julio revienta todo su calor contra el brillo de la plaza.

Las flores lentas reverberan en el cerebro.
Ya regresan. El humo y la fetidez abarcan todo el cielo
y el viento de agosto hierve su óxido de hojas
sobre el alma podrida de las aguas profundas.

Ya llegan a su calle vieja los vándalos. Ruge el pequeño sol
y con los vándalos yo me acuesto sobre las piedras rotas
a esperar la herida de los primeros cuchillos de noviembre,
la borrachera de los cuervos en la blancura del amado invierno.

 

PANTÓGRAFO Y NIÑO

 

Aplicado a la transparencia iluminada del invento
el niño calca la sombra de su talón sobre cristales rotos.
Al lado de la noche el padre imita la huella memoriosa
de los pinceles de laca y tintas orientales:
Un vivo dragón de oro traza su mano restauradorasobre el azul cobalto de la sedosa túnica del mandarín loco.  
El padre esquiva el vaho del cigarro apretado entre los labios
y afina la mirada en la tersa hondura de los trazos.

Como una flor mística en su arquetipo de perfumes eternos
en las manos del niño cada punto de este mundo se repite en otro mundo simultáneo.

El padre termina y absorto en el humo de sus labios
cruza el corredor de las habitaciones tras el jardín del sueño. El niño se queda.

Si acortas mis brazos crecerán de sangre los ojos del esbirro, dice la madera.

La ruidosa luz de neones blancos bajo el cristal esmerilado
es casi música que espanta a los muertos en el oído del niño,
embebido aprendiz de copista que antes de ceder a las orillas fatigadas del sueño,
calca las enloquecidas barbas de barro y de oro
de los asesinos, las espadas herrumbradas de sangre
que amargan el viento del olvido con sus gritos.

El horror desmembrado, la estrella profética en el cielo,
el perfil herido de las vastas cordilleras, la tibieza medicinal de los frailejones,
los espejos de negra hondura en el agua de las altas lagunas,
vientres de arcilla y de fuego, pectorales de oro, balsas de iraca, cánticos de amor,
rumores en las empalizadas...
Todo arde bajo el incendio de los lápices en las manos del niño.

La selva memoriosa graba estas huellas en las savias
para los ojos de ayahuasca del kumú, del jaguar y de la danta,
para la nariz de yopo y la lengua de ambil del soñador.

Cabeceando, el aprendiz de demiurgo ve pasar al pie de esas imágenes
las leyendas que rezan el odio orgulloso de los vencedores.
Guía hasta el final los brazos sumisos del invento.

Termina y se levanta, casi ciego, delirantes los ojos, con líneas de fuego,
y tras el camino de humo del padre, entra, por el zaguán de llamas inclinadas,
                                                                                                                                    al otro sueño.

 

JUEGO DE LA PIEDRA ESCRITURA

 

La casa de la poesía florece bajo el río.
La casa de la poesía es lámpara de agua de los inviernos en las mañanas de la siembra,
y en la noche es serpiente canoa que deja estrellas en los caminos del cielo,
serpiente río que teje su nido en el cerebro y une las dos mitades del cerebro.

La casa de la poesía bajo las piedras del río guarda una piedra escrita,
la olvidaron los viajeros del árbol caído y la canoa celeste
y la casa de la poesía la atesora para leer y escribir en ella
lo que ven los pájaros pero palpita invisible para la prosa del mundo.

La casa de la poesía imita y descifra esa música y su escritura,
y con sus manos de alfarería la protege
del volcán de clavos y de venas rotas,
del ruido intolerable del martillo en la mano y la cruz de madera,
de las espinas y de las lanzas del costado
que incendiaron con sangre los palimpsestos y los pneumas de la tablatura.

En la casa de la poesía hay un jardín de niños y niñas
que juegan una ronda de estrellas enanas y de estrellas fugaces
y dibujan sus caminos con piedrecitas del río sobre el fondo del agua,
una ronda que suena con voces blancas y con voces de pájaro del gran órgano messiénico.

En la casa de la poesía hay una danta que reposa en la escritura de la tortuga.
Hay un mico que aúlla con voz de sonajero de selva
y anuncia con elegancia palaciega a los viajeros que llegan.
Y hay un gato que juega con los hilos del alma.

Hay también una ciudad con barcos que arriban de los ríos profundos,
una ciudad con faroles incandescentes y cables de luz en las esquinas,
y otros niños y otras niñas que juegan la rayuela primordial sobre
las puertas de la piedra escrita por los viajeros de la canoa y los pájaros del poeta.

El fuego no toca la piedra escritura y el oleaje del sol le da apenas una tierna tibieza.
Sólo las lámparas de agua le dibujan sombras y luces
 que escapan como salamandras de fuego de sus letras.

El agua sí la toca, y la tocan los niños y las niñas que cantan bajo el agua y juegan
          sobre la puerta.

Y las lágrimas y los pájaros de tinta que duermen en tus párpados
y en el boscaje de tus pupilas y se despiertan para tocar la piedra
cuando trazas el lienzo de tus sueños sobre ella.

 


Robinson Quintero. Fotografía de Sara Marín Carlos Satizábal  Nació en Palmira, Valle, Colombia, en 1959. Poeta, actor de teatro y escritor. Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia. Ha coordinado el área dramaturgia de la Maestría en Escrituras Creativas y dirige el curso-taller de dramaturgia de la Escuela de Cine y TV. Estudió Filosofía y Música en la Universidad del Valle. Su libro La Llama Inclinada ganó el Premio Nacional Poesía Inédita 2012. Y su obra Ellas y La Muerte -sueño de tres poetas- recibió el premio de dramaturgia ciudad de Bogotá 2012. Trabaja en la Corporación Colombiana de Teatro (CCT) como director, dramaturgo, actor, compositor y diseñador de sonido; en procesos de creación teatral con población desplazada y víctimas de la guerra en Colombia. Con Patricia Ariza fundó Tramaluna Teatro hace más de diecisiete años. Su obra La muerte o cómo enterrar al padre ha sido publicada en la Antología teatral I por la Universidad Nacional de Colombia. Uno de sus últimos montajes: La Libertadora: Amor de Manuela y Simón o Sueño de un País no Fundado, lo estrenó en Quito en las celebraciones del Bicentenario.

Publicado en agosto de 2013

Última actualización: 14/04/2021