Festival Internacional de Poesía de Medellín


Julio 8-15, 2017

Poetas invitados

Tom Schulz (Alemania, 1970)



El amor loco. Un par de reflexiones para Medellín


Frugal, se encuentra un salero sobre la mesa. El objeto me remontó a veinte años atrás. Precisamente así se veía el primer salero de mi vida: curvilíeo, de vidrio, con base circular y en el cual mi dedo pulgar de niño cabía cinco veces .

Hoy, en un domingo de primavera en Bad Saarow, mi pulgar cabe dos veces y media. La tapa es de acero inoxidable. Los orificios por donde emana la sal resultan, observados desde arriba, en un patrón que evoca a un juego de mesa, un juego parecido al Halma. Logro contar diecinueve orificios, un número curioso y casi inquietante; también al segundo conteo, 19, antes hecho fila por fila y ahora siguiendo el sentido de  las agujas del reloj, tiene forma espiral.

La luz cae sobre los granos de sal a través de los orificios del dispersor. También hay otro patrón, uno negativo, que surge entre las sombras. Inevitablemente pienso en un paisaje desértico de dunas. Antes de que naciera, mi padre condujo, en el Sahara, una prueba de manejo con un nuevo modelo a lo largo de Algeria. Veo a mi padre en la frontera de Malí, veo fotografías en blanco y negro de un oasis, dátiles, dromedarios y árabes de apariencia física como la de mi padre. Tenía ideas extrañas en la cabeza cuando era niño.

El viaje a Algeria de mi padre llenó dos álbumes de fotografías, los cuales él sacaba a relucir en días especiales y nos los mostraba a mi hermano y a mí. Ahora pienso que él rememoraba el ritmo despreocupado de su vida en aquel entonces, cuando era ingeniero del departamento de desarrollo de Porche y no el gerente con largos días de trabajo y bastantes responsabilidades, cuando él todavía era libre de obligaciones familiares y se podía dar el lujo de vivir aventuras en el extranjero.

Cuando terminé de leer la sección para niños de la biblioteca estatal (solo abría los martes y jueves durante las vacaciones de verano), mi madre me dio un libro que, si lo busco hoy en la casa de mis padres, no logro encontrar. En su lugar, allí se apilan dos hileras de libros de cocina, fotografía, guías, novelas policiacas, catálogos de arte y libros que yo mismo escribí o traduje. Mi madre los colocó en la mejor altura de la estantería y hasta hoy se ven como nuevos. La solapa del libro que mi madre me obsequió ornaba un hombre de mediana edad o, más bien, la foto recortada de un rostro sobre un fondo rojo, el cual evidentemente no era el fondo de la foto original. El hombre se veía un poco como mi padre en Algeria y el título me recordaba a los libros que mi madre solía leer en ese entonces, novelas románticas como Les vaisseaux du cœur.

Vacilé, durante un tiempo, hasta que procedí a leer. Sin embargo, la primera oración me sumergió rápidamente en el libro. Dormía poco, leía hasta las tres o cuatro de la mañana para poder, un tanto antes del desayuno, seguir con el libro.

Cien años de soledad. Ese fue el comienzo de una fascinación por la literatura que descargaba cierto tipo de intensidad y que, hasta ese entonces, no había conocido. Tenía 16 en ese entonces. Dos años más tarde, leí otro libro de mi madre, Les vaisseaux du cœur y ahora entiendo, por primera vez, la historia del amor de verano desencadenado una y otra vez al paso de los años y que, de hecho, es el amor de la vida.

Qué lindo sería tener una relación para sobrellevar el día a día, criar hijos y que, pese a ello, sea tan abierta que te  lleve al desierto o a Colombia para encontrar un Amour fou, el cual uno rara vez se topacada pocos años pero que se inspira recíprocamente hasta avanzada edad y te fortalece. Este Amour fou también puede ser la literatura.

Los pensamientos coagulados de un humano.

Veo las últimas fotografías de Gabriel García Márquez frente a mí, las había visto en Nicaragua, en un encuentro de escritores. “Gabo” estaba sentado completamente de blanco, como si no fuera más de este mundo, como un ángel, sobre una cama, a la que le daba la luz desde afuera. Falleció pocos meses después. Ya no leía sus últimos libros, sin embargo, sé que él escribió sobre las mujeres de su vida, las que lo acompañaron y las que él visitaba. En mi juventud, sus primeros libros hasta El amor en tiempos de cólera prontamente fueron tan íntimos como prendas de vestir. Mi madre los llevaba a casa y luego me los pasaba. Cuando leíamos, todo nos era tranquilo, como una isla en medio de la rutina diaria.

Mis padres discutían a menudo. Ahora pienso que mi madre sospechaba que mi padre tenía un Amour fou con una amante que consiguió en un viaje de negocios o en su empresa. Ella sospechaba de él injustamente y hoy estoy convencida de ello: él no era un jugador y siempre estaba en lo correcto. Inclusive, en frente de nosotros, él, el tercer hijo de un artesano que por todo tuvo que luchar y que entre más próspero más nos agasajaba, nunca nos demandó algo fuera de que, durante los domingos, pedía el salero de primeras para él. Este movimiento con el que él ladeaba ligeramente el dispersor grabado  y coronaba el huevo duro con una pisca de sal, pasó como una película al frente de mis ojos.

Ayer estuve en una celebración. El anfitrión era un colombiano que a medio día había defendido exitosamente su trabajo de doctorado sobre literatura. La cocina se llenó de voces españolas, alemanas, inglesas y estonianas.

Un amigo me obsequió la obra de Mario Ortiz, Cuadernos de Lengua y Literatura.Llegamos a conversar sobre la poesía del autor de Bahía Blanca. En las obras de Ortiz, los objetos siempre provocan pensamientos que llevan a un texto. Inclusive entre nosotros, en la cocina de Neuköll, se desencadenó una conversación a partir de un objeto, el libro de Ortiz.

Los poemas tienen ese poder de unir a las personas más allá de las supuestas brechas idiomáticas e ideológicas. Los poemas invitan a tomar una pausa, a reflexionar, a percibir a la persona del frente, a prestar atención, a regocijarse de un placer interno por el sonido de las palabras, por su flujo perfectamente compuesto y por los giros e imágenes sorprendentes, a captar y a disfrutar con todo el cuerpo su ritmo, su distinguido e incomparable aroma, su calidez y textura. Tal como la sal que se dosifica meticulosamente para sacar a relucir el sabor de las comidas.


*


Tom Schulz (Alemania, 1970)



Córdobaa


Un verano que no hubo
un verano sin protuberancia
un verano que aquí nunca ha llamado
inyectarme quisiera

las hojas de palmera deberían guiar
mi mano, con ella el Sur escribo,
un verano que expulsó la catedral
de la ciudad, que olvidó santos y fieles
antes de ir a la cama

un verano que no duerme
con el polvo, que dejó al ciempiés fotofóbico
en el baúl de sus ecos,
un verano, el cual nada en absoluto nada
quiere inmiscuirse con banderas, el cual nada se llama,

un verano que tan sólo permitía dormir
a los sosiegos, y luego por segundos
un verano, que acaso cantaba
y borró de las hojas cualquier signatura

un verano, que extravió a los lamas tristes
en un salón de tristeza, que negó
toda oración de faltante belleza,
el amor es una flor demasiado frecuente,
así que a este sur se lo atribuyo


De caer hasta el fondo


a las anémonas
de mar, a los bancos
de moluscos, de los que nada
hay qué esperar

salvo un rédito de luz
de lo profundo, que induce a lo lascivo
con mucamas, con las claves
de sutura, más abajo

como sinfonía inconclusa
con las claves rotas,
cual amigos de compras con chaquetas
marca Hombre, código de barras genético

a las flores de Bach, a
las citronelas del alivio
por doble regadas, frenéticas huellas linguales

en lo plural del amor, a aquella
madre dolorosa, a las gotas de
opio en el fondo del frasco

con el arpa de nieve, con el rastro
del hambre, al banco de juego
celular, where no time is money


Canon previo a la huida


la mugre en las uñas, las venas picadas
de un azul nocturno; las tarjetas de cumpleaños
rumbo al más allá, en eso te calcina
el ataúd universal, el modelo más sencillo

cómo te escabulles y tu corcel
Rocinante; yo canto
que la muerte no es propia de Emir
Ato alguno, ningún desierto
de cierto,

                                quién tiró la tierra terapéutica
del cóctel, frente a la farmacia 24 horas
con envíos a todo el mundo, quién da sorbos en el cáliz del coño,
y deja a los paganos rezos —perforar, adorar,
vestirse— florecer post mórtem

junto al expendedor de tumores, a la ventana de
asbesto de una clínica enferma, en plena orilla
de la ciudad dormitorio, ahí las enfermeras, enfermas hermanas,
todos los ayeres, llaman de nuevo al racional
farmaconfuso carro de pastillas, guantes
teñidos de negro, al lado de las fotos de la endoscopía,
donde las úlceras
floridas proliferan en rojos tardíos, ramo de orín,
solo de trompeta
en las últimas noches de noviembre, tan tibias
que puedes desvestirme, hasta dejarme en trusas
color piel y forma de esqueleto, cual nos invadiéramos el uno
al otro, como cuerpos
voladores erráticos, en un aire propulsor lastimado.

sobre qué es que tú cantas y tu helado té de larga ínsula,
que no apostaría por nadie de Manhattan
tarareo mi swing y digo: me caso con las tres hermanas1
y no le quedará a la muerte ni una villa de la era industrial


Plaza de la gracia


No se agitan las palomas
ante las migas del sueño, de la foto instantánea
caen al pan bancarrota,
de las garras de la bendición
a la secuencia de ayuno, debimos

operar de emergencia a las hostias, blanca
la iglesia de San Vicente, inmersa
en el horneado consuelo, nos hemos diluido
en la luz con tal frecuencia, día y noche,
sombras en la agenda de las hermanas arpías

quién recorta los claveles,
alzaban su bouquet en ramos de
extrañeza, nadie habla en
el bar de hojarasca, trepaba
y caía, vendrá otra vez la hora

antes del cero, en la que aquellos sonámbulos
mercaderes de ropa en abrigos de bovino,
pavonean en los feudos de mármol de Carrara,
paraísos de rumiantes, ahí la carne en bruto
alza el vuelo transformada en palomas

entonces veremos el río, paño sobre
el ojo de la ciudad, rebaños de nubes
de ceniza y de lluvia, sus debidos
saludos y saludos militares, mientras
los muros reposan Alfama amo-te

hemos de andar sobre
un cementerio de perros

Traducciones de Daniel Bencomo

*

Tom Schulz nació en Alemania en 1970. Es poeta, cuentista, periodista y editor.  Ha publicado, entre otros, los libros: Kanon vor dem Verschwinden (Canon previo a la huida, 2009), Premio de Bavaria, 2010; Vergeuden, den Tag (Desperdicio, el día, 2006); Abends im Lidl (Tardes en Lidl, 2004); e Innere Musik (Música interior, 2012), Premio de Artes de la Lotería de Brandenburgo, 2013. Fue incluido en la Antología Luces intermitentes (Edición Paraíso perdido, 2009).

Al decir de Daniel Bencomo, en la poesía de Tom Schulz “la música oscila entre la evocación vivencial y su transfiguración en imágenes alteradas, alucinantes, que basculan su interés por toda la tradición lírica de su lengua — desde el medievo y el barroco hasta la actualidad, como apunta Timo Berger—, y la vanguardia —sobre todo el surrealismo—, mientras aborda, con alegría melancólica, algunos de los meandros de la sociedad y el idioma alemán”.

Refiriéndose a los poemas de su libro Tardes en Lidl, refiere también Bencomo: “Schulz dirige allí una crítica a ciertas pautas y estructuras de las sociedades contemporáneas: el consumismo exacerbado, la fragilidad de todo postulado ideológico, la fractura de los individuos y las comunidades: la falla de la poesía como medio de evocación; todo en una atmósfera de lúcida alegría, cruzada por las agujas del humor y cierto escepticismo”.

-Uno no sabe adónde va Youtube
-Poemas bilingües Vericuetos
-“La diversidad” Canal de Youtube del Festival Internacional de Poesía de Medellín
Poemas web festivaldepoesiademedellin.org

Actualizado el 12 de junio
Publicado el 10 de mayo de 2017

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