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Tanure Ojaide (Nigeria, 1948)

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 94-95. Julio de 2013.

 

Recordando

El día que el granjero perdió toda su cosecha por las langostas
el día que el pastor perdió todas sus vacas por la peste bovina

el día que el pescador extravió su barco y las redes en una tormenta
el día que hubo un eclipse total de sol

el día que el fuego dejó las hojas secas para quemar las verdes
el día que el agua no logró saciar la ardiente sed

el día que el viento se negó a soplar los humos asfixiantes
el día que la tierra abrió un pozo sin fondo a otro mundo

el día que la musa azotó al juglar
el día que el juglar se quedó mudo

el día que la cabra se negó a comer hojas de ñame
el día que el loro se negó a comer maíz

el día que los tambores se negaron a batir por el bailarín
el día que el iroko fue fulminado por un rayo

el día borrado de la memoria de las celebraciones
el día derribado sin un registro de sus horas

el día que todas las puertas se cerraron para el fugitivo
el día que el cruce de caminos negó su sacrificio

el día que todas las alarmas se negaron a sonar
el día que el guía de ojos claros perdió la visión

el día que la bestia sin hueso abrió su boca
para tragarse a un hombre entero como a un langostino sofrito

ese fue el día del solsticio de verano, cuando estaba en
Jerusalén, y mi mejor amigo moría en Sapele.

 

Las vacas del Monte San Angelo

 

Acicaladas como la realeza, las vacas del Monte San Angelo
tienen los abundantes pastos de la montaña
para ellas mismas; hierba de hoja perenne todo el año.
Rechonchas y saludables, no hay vacas que puedan ser más grandes
que estos cultivos multi-étnicos de vacas de Virginia.
Negras, marrones y de cara blanca como una máscara,
segan la hierba con gracia; no hay figuras hostiles
o irritantes por las que preocuparse. Los terneros
saltan hasta sus madres cuando me acerco,
pero no hay temor de cazadores furtivos en este pastizal.

Las vacas del Monte San Angelo no pueden cubrir
el entero prado verde con abundancia.
Ellas no saben que afuera el hambre mata a algunos
y la peste bovina y los cazadores furtivos andan sueltos.
Están medio cubiertas de hierba exuberante sin molestia,
de garrapatas arriba, los pájaros cantan sus corazones
en el paraíso que comparten. No hay un Fulano
pastor azotándolas para que tomen el camino correcto
en las filas que siempre crean en el espacio abierto.
Bostezan en la noche por la comida abundante del día.

Tienen el mundo de jardín para sí mismas
porque no conocen la dura lucha o el sudor
que trae cada día, están seguras de sí mismas.
Comparten la carretera y su mierda no molesta a nadie.
Si uno debiera ser vaca, ¿no querría uno ser
una de las selectas vacas que pastan en el Monte San Angelo?
Pero, después de todos los placeres, ¿evitará el carnicero
el destino de otras vacas envidiosas de ellas?
Las vacas del Monte San Angelo pertenecen a su
propia clase, tratadas magníficamente por la mesa del rey.

 

La musa me envía al mercado

 

No me hago preguntas de orden divino
y salgo al mercado de Igbudu a través del camino principal.

Llevo conmigo la campana de hierro fundido que completa mi vestimenta-
el mensajero tiene que entregar su mensaje con un claro llamado.

Por encima de los murmullos del regateo de los comerciantes que deambulan,
vengo a mezclarme con vendedores, compradores y otros.

El mercado es un vasto teatro de la fortuna, donde
el destino etiqueta su casta con diversos tamaños de carteras:

los que vienen con sólo un centavo para comprar todas sus necesidades
y unos pocos con toneladas de dinero para comprar lo que no está en venta-

es claro que las divisiones en otras partes, que permanecen ocultas,
son reveladas por el mercado en obstáculos abismales.

El amor prohibido ejercita aquí su libertad, a nadie le niegan la entrada
donde vivos y muertos se relacionan e intercambian bromas

bajo la sombra de murmullos en masa y espectáculo de especias
ladrones al acecho hacen alarde del oficio de tortuga que aprendieron.

No he venido al mercado por mi propia voluntad
a trocar canciones por aceite de palma, pescado fresco, y sal

las canciones que vienen libres al juglar no
le ganarán a la esposa del trabajador petrolero, llena de dinero en efectivo.

Vengo a poetizar la aritmética de los precios,
el disimulo de la pobreza y los delirios de la riqueza.

Toco la campana en escalas inclinadas y en otras medidas;
Canto alto contra el malabarismo de los usureros. . .

La musa me envía al mercado
No me hago preguntas de orden divino.

Traducciones de Nelson Ríos

Artículo relacionado: Un poeta-estudioso africano Por Tanure Ojaide

*

Tanure Ojaide  Nació en Nigeria el 24 de abril de 1948. Ha publicado 16 libros de poesía, entre ellos: Labyrinths of the Delta, 1986; The Fate of Vultures, 1990; The Blood of Peace, 1991; Daydreams of Ants, 1997; Invoking the Warrior Spirit: New and Selected Poems, 1999; In the Kingdom of Songs: A Trilogy, 2002; I Want to Dance & Other Poems, 2003; The Tale of the Harmattan, 2007; Waiting for the Hatching of a Cockerel, 2008, y The Beauty I Have Seen, 2010. Sus reconocimientos incluyen el Premio de Poesía de la Commonwealth para África, 1987; el Premio Okigbo de Poesía para África, 1997 y 1998, el Premio a las Artes de la BBC, el Premio Poetry Africa, 1998, y el Premio de la Asociación de Autores de Poesía de Nigeria, 1998, 1994 y 2003. Inmersa en una mezcla de tradiciones orales y técnicas occidentales, su poesía teje un tapiz intenso de palabras sencillas, pleno de imágenes y música. También ha publicado un libro de memorias, una novela y varios cuentos cortos y obras críticas. Actualmente es profesor de Literatura Africana y Panafricana y Arte en la Universidad de Carolina del Norte.

Última actualización: 15/08/2018