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Ayo Ayoola-Amale

-1970-

nació en Ikoyi Lagos, Nigeria, el 21 de mayo de 1970. Es poeta, narradora, dramaturga, constructora de paz, activista por los derechos humanos, defensora de las mujeres y las niñas, educadora, performer del Spoken Word, profesora universitaria, tallerista de escritura creativa y abogada. 

Fundó la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Justicia. Igualmente creó la Fundación de Poesía Esplendores del Amanecer, la cual aboga por un cambio social positivo en varios países, a través del aporte de profesores especializados en poesía, literatura y educación para la paz.

Obtuvo, entre otros premios internaciones, el reconocimiento como Embajadora Universal para la Paz, premio otorgado por la Federación para la Paz Universal, La Musa de la Armonía Poética en África, Embajadora de la Armonía para África y Embajadora del Amor. Pertenece al comité coordinador del Movimiento Poético Mundial.

Esta es una muestra de sus poemas:

Mi paz entera se ha ido

Mi paz entera se ha ido 
como un festín apagado, recién cumplido
el fuego en nuestras cabezas, se lanza de lleno a la errancia
grita, jadea, golpea, retumba, tintinea. 
Nos clavamos siempre con violencia en sucias letrinas desmembradas, rechinando.
Armas posadas sobre flores se vuelven cuido.
Derecho innegable a mutilar nuestras médulas espinales: “derechos del arma”, dicen, 
el arma es agua, bebe armas, come armas
esculpidas para bombardear y desgarrarnos con su dedo bajo nuestros pantalones.
Mi paz entera se ha ido 
a través de la miseria de las edades como fuego helado. 
Un arma quema la dura arcilla no nacida,
armas acarician nuestros vientres hasta las cenizas,
en la noche silenciosa, la luna arma iras,
estos días inmaduros se apresuran al cementerio.
Cuando el trueno golpeó nuestras mentes y permaneció allí, 
limpiamos nuestras palmas adoloridas en llamas.
Mi paz entera se ha ido 
bailan nuestros dientes bajo una explosión de gas caliente,
nuestros antepasados yacen encorvados, sus corazones frágiles,
en cada viento las piedras de la muerte friegan días
tal como una vela se derrite.
Misiles salen resonando por el viento caliente,
mi paz entera se ha ido,
mientras jadeamos y gemimos en agonía por nuestro “innegable derecho a vivir”, decimos “tenemos una vida por delante”, careciendo de lengua
no de un derecho a disparar hacia abajo
mientras jadeamos y gemimos en agonía 
nuestro “innegable derecho a explotar el aliento de la vida”.
Mi paz entera se ha ido 
con misiles armados con ojos chispeantes, 
anegando sangre sudorosa, anegando carne desgarrada, anegando días inmaduros.
Mi paz entera se ha ido.

Traducción de Arturo Fuentes

Al descubierto

Una vez que la mañana se rompe,
una ola de aire frío nos anega, poniéndonos la piel de gallina, 
estamos siendo aplastados; no nos hablan ya nuestros árboles,
hierba amarilla, rajada y mustia, amarga nuestros rostros,
nuestros umbrales se despliegan con un leve aroma a humo rancio de automóvil,
nuestros árboles gritaron cuando el gusano asesino se adentró,
vemos el aire zumbando con el murmullo de ríos que se rompen como fuego de artillería,
escuchamos girasoles arrugarse con el puño cerrado, alzando sus voces,
observamos abejas que golpearon la tierra con sus patas.

Una vez que la mañana se rompe,
nuestras almas arden, resoplando
brotan venas de nuestras pieles, se inflan.
Nosotros el pueblo, gemimos alto y prolongado con las lechuzas
desde el templo interior de árboles lisiados,
no vemos más pastizales agitando sus manos.
Nuestra cabeza grita en las hojas que aúllan desde el vientre,
una inundación de medias de nylon salpica desde los mares,
el rostro de la tierra tenía la mano de ella sobre su barbilla.
Largo tiempo desenterramos un patio en ruinas lleno de colmillos de elefante 
y calambres eternos como ciclismo de montaña,
creemos estar poseídos por formas entremezcladas de destinos malditos, que escalan

Una vez que la mañana se rompe,
un manto de rostros sucios brotó con lágrimas,
altos montículos de peces borrachos de plástico 
partieron corazones de hombres quemados por el fuego,
con lo que más disfrutamos, muchos mangos manchados de veneno.
El peso del dolor aplastó al monte Kilimanjaro
erguido como un cementerio mugriento en filas ilimitadas, helándonos hasta los huesos.
Al ver la cola de una rata diminuta más grande que un león, 
la funda de un cuchillo anuncia la temporada de volverse mujer,
ráfaga de sangre a los oídos de los vivos.
No importa cómo una inundación atronadora se asentó sobre lagunas resplandecientes, con formas parpadeantes de chozas en descomposición, trayendo enfermedad. 
Nada atraviesa la enfermedad. 
Observamos un rígido partido de fútbol entre 
los zumbidos de los autobuses y el bostezo de los pájaros.

Una vez que la mañana se rompe,
lloramos un río con labios temblorosos mientras lágrimas rodaban apresuradas 
por nuestras mejillas. El pino demacrado se abre, con pájaros medio aleteando 
saltando y apoyándose sobre las enredaderas de la madreselva que volaban en luto 
desde ramas horizontales abiertas, hasta picos vertiginosos.

Una vez que la mañana se rompe,
las perchas perfectas en una noche iluminada por la luna se enceguecen, 
nuestro fétido aliento nubla el aire en nuestros rostros, 
frágiles moras del tamaño de un guisante se juntan para arrancar una vida.

Una vez que la mañana se rompe,
flotamos de regreso a la percha del pino, la mora aún en el pico
nuestra lengua dispersa había partido el torbellino. 
Algo que desaparece entre ruinas,
un naufragio colosal sin límites,
una gran mañana se convirtió en noche
nuestros antepasados huyen, sumergidos, lejos de casa.

Una vez que la mañana se rompe,
con el desprecio en sus puños.

Una vez que la mañana se rompe,
al descubierto.

Traducción de Arturo Fuentes

África, los años de la podredumbre acumulada

África, la tierra que parió a la humanidad
tierra de gente vestida con atavíos de oro,
tierra tan verde como las hojas de espinaca
que solían crecer en el patio de mi abuela,
no conocemos el tono marrón de las hojas podridas.
Y llegaron monstruosos dragones exhalando fuego, 
reunidos alrededor de una cabeza que sobresale de la multitud, 
ocuparon todos los umbrales aquí, todos tan pobres como ladrones.
¿Quién no ha sido asaltado?
¿Qué no ha sido robado o incautado?
¿Quién no ha sido alquilado?
¿Dónde no ha sido allanado?
¿Prestado, comprado? Quemado por el fuego…
¿De quién no ha sido manchada la cara con plátanos rastreros?
África, mi África, como águilas de alas entrelazadas 
teníamos nuestras mentes sostenidas en silencio, polvorientas, agotadas 
ellas sostenían todos los umbrales aquí 
y luz del sol sobre nuestra cabeza se alzaba,
desde nuestras patrias estampamos nuestro pie, espina sobre arbusto.
Nuestras caras enrojecieron con un profundo tono rojo furia,
mientras marchábamos por cada comunidad escuchábamos el pedo 
de la piedra de trueno del payaso,
luego hubo manchas de sangre en las paredes y el piso.
Nosotros, como las águilas intentamos volar, pero nos desplomamos al suelo…
Levantamos nuestros pies, gritamos, apretando con fuerza los puños 
la lluvia caía sin cesar, el sol se vertía
no obstante, nos aferramos a la cerca, con fuego en nuestros corazones,
luchamos a través del bosque como mascaradas salvajes. 
Ninguna luz llegó,
quietud, lápidas en voz temblorosa,
inmóviles, nos aferramos a la cerca del portón de la ciudad, las luces parpadean,
luchamos hacia nuestras tierras natales, vimos movimiento más allá de los árboles.
Entonces con el corazón latiendo en nuestra cabeza
recogimos las llaves del portón del pueblo con manos temblorosas
y garganta apretada.
Sonido de hierro rompiéndose,
amanecieron los años del autogobierno,
los años siguientes a unos crueles lunáticos
trajeron las nuevas costumbres como las viejas costumbres.
Ocuparon todos los umbrales aquí,
sostenían las cosas irrevocables
con el corazón completamente cerrado, veloz.
Los años de la podredumbre acumulada.

Traducción de Arturo Fuentes